Familia: Identidad, Retos y Esperanza

180 actas del tercer congreso católicos y vida pública serán edificadas por ti las antiguas ruinas, y alzarás los antiguos cimientos y te llamarán reparador de brechas y restaurador de casas habitables. ¿Cuál es la condición? Si rompes las ataduras de iniquidad, dejas libres a los oprimidos y quebrantas todo yugo; quitas el hablar altanero y el gesto amenazador, si no delatas y no acusas en falso, compartes tu alma (y el pan) con el hambriento y el alma afligida dejas saciada, albergas al pobre sin techo, vistes al desnudo y no vuelves tu rostro ante tu hermano. Entonces brotará tu luz como la aurora, y pronto germinará tu curación e irá delante de ti tu justicia, y detrás de la gloria de Yavé…” sínodo de la familia 28. Conforme a la mirada misericordiosa de Jesús, la Iglesia debe acompañar con atención y solicitud a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y extraviado, devolviendo confianza y esperanza, como la luz del faro de un puerto o la de una antorcha llevada entre la gente para alumbrar a quienes han perdido el rumbo o se encuentran en medio de la tormenta. Conscientes de que la misericordia más grande consiste en decir la verdad con amor, vayamos más allá de la compasión. El amor misericordioso, tal como atrae y une, así transforma y eleva. Invita a la conversión. Así, de esta misma manera, concebimos la actitud del Señor, que no condena a la mujer adúltera, pero que le pide que no peque más (cf. Jn 8, 1-11). 46. En primer lugar, hemos de escuchar a toda familia con respeto y amor, haciéndonos compañeros de camino como Cristo con los discípulos en el camino de Emaús. Valen de especial manera para estas situaciones las palabras del Papa Francisco: «La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos —sacerdotes, religiosos y laicos— en este “arte del acompañamiento”, para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf. Éx 3, 5). Tenemos que darle a nuestro camino el ritmo sanador de la projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana» (Evangelii gaudium, n. 169). Lumen Fidei

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