106 actas del iv congreso internacional de literatura mística autoridad que le confieren la gracia divina de este arrobo —vuelto casi metonimia de todas las otras que recibe— y la bendición oficial de la Iglesia al canonizarla.23 El resto de este ensayo se cierne sobre una imagen muy distinta de la vida religiosa según Teresa —la oración contemplativa como una partida de ajedrez—imagen cuya fuente, por razones que ya veremos, nunca recibió la atención prodigada por sus devotos al relato de la transverberación. Pero este abandono confiado de Teresa en brazos del Seductor divino, el mismo que Lope postula como detonante de sus escritos, contrasta aleccionadoramente con el recurso de la Santa a esta otra alegoría de su vida espiritual: Teresa la escritora que explica su papel activo como seductora irresistible del divino Amado. ii En el códice escurialense de Camino de Perfección —la primera versión de este tratado, concluida en 1564— Santa Teresa justifica sus prolegómenos para la oración contemplativa con una extensa analogía inspirada por el ajedrez. Así comienza su exposición: Y no os parezca mucho todo esto, que voy entablando el juego, como dicen. Pedístesme os dijese el principio de oración. Yo, hijas, aunque no me llevó Dios por este principio—porque aun no le devo tener de estas virtudes—, no sé otro. Pues creed 23 En el texto reconstruido por Aragone Terni también se aborda la transverberación con una delicadeza exquisita, cuando el Amor Divino personificado (que ya al principio de la obra se nos identificaba como “Serafín de Dios” nacido “entre las alas santas / de Querubines”) se dirige a la Santa en tres sestinas aliradas que describen su desposorio espiritual in actu (Aragone 1970: 107, vv. 1857 -1874): “AMOR A ti, de Dios esposa, / el Rey divino mi señor me envía; / ¡oh, cómo estás hermosa / elevada en la dulce melodía / que tiene sus sentidos / a Dios despiertos y al sentir dormidos! // Díceme que te pase / el corazón con este dardo de oro, / que todo te lo abrase, / que no le puedes dar mayor tesoro / que el alma enamorada/ de sus divinos rayos abrasada. // Con la punta de fuego / te paso las entrañas, ave hermosa, / que Cristo vendrá luego / y la herida que sientes amorosa / te curará con flores, / que no te dejará morir de amores.” Como vimos anteriormente (McGrady 2009), no hay constancia alguna de que este pasaje fuera compuesto por Lope, pero aún así Aragone (1970: 30) no desacierta en su apreciación formal de esta interpretación extraordinaria de la transverberación: “É sorprendente l’atteggiamento della Teresa di Lope, così lontana dalla stupenda contorsione berniniana, e perfino dal racconto autobiografico. Né un grido né uno spasimo: una raccolta compostezza, un soliloquio permeato di mistica compunzione e sorvolato dal ricordo del Vivo sin vivir en mí.”
RkJQdWJsaXNoZXIy NzUzNTA=