Actas del IV Congreso Internacional de Mística

128 actas del iv congreso internacional de literatura mística gótico, que contribuyó a la fundación de la lengua literaria toscana y, a lo sumo, como maestro de las dos lumbreras patrias: Petrarca y Boccacio, objeto de emulación para el verso y la prosa en romance, como antes lo fueran Virgilio y Cicerón para el latín. Se puede decir que, salvo en círculos muy restringidos, Dante Alighieri desapareció del panorama cultural europeo hasta bien entrado el romanticismo y su epítome política y nacionalista del Risorgimento. Es William Blake con sus grabados el que vuelve a descifrar el universo simbólico de Dante, quien comienza a ser interpretado por el poeta inglés y otros escritores desde los nuevos parámetros estéticos e ideológicos seculares. En efecto, los partidarios de la unidad italiana necesitaban un símbolo que evidenciara esa unión, y quién mejor que el poeta florentino, anticlerical, ferozmente antirromano, padre de la lengua italiana, para merecer ser releído y glosado desde el horizonte de expectativas, laico y político, de la pujante nación en ciernes. Si a eso añadimos el creciente interés hermético y espirita que prevalece en el último tercio del siglo XIX, que indaga en una lectura esotérica de la obra del florentino, facilitada por la impresionante hondura simbólica de la Commedia, plagada de un acervo semiótico iridiscente, se entiende mejor cómo la figura de Dante adquiere un creciente interés, no solo en Italia. El aumento de los estudios y las traducciones a otras lenguas en esa época, en clave nacionalista y anticlerical, serían suficientemente reveladoras de lo que apuntamos. Baste, como botón, pensar en la traducción al español de Bartolomé Mitre en Argentina. No obstante, lo que le valió el repudio pontificio no fue su obra cumbre, sino otro texto, su Monarquía, incluido en el Índice hasta 1881, obra en que cuestionó y debeló severamente la afición papal por el poder político: un fraile dominico coetáneo del poeta lo criticó duramente, y un cardenal francés, enviado por Juan XXII, no solo organizó un auto de fe con la obra (1329), sino que —si hacemos caso a Boccaccio (1362)— hubiera querido hasta quemar los huesos de su autor. Dos siglos después, en fin, fue incluido en el índice de libros y autores prohibidos para los católicos, en cuanto perniciosos para la fe (1564). Dante y su obra solo vendrían a ser rehabilitados cuando los pontífices se resignaron a aceptar la derrota del ejército de los Estados Pontificios y la unificación de Italia (1870). El primer paso lo dio el papa León XIII, quien en su encíclica Sapientiae christianae (1890) sostuvo que la Iglesia y la sociedad civil tenían autoridad propia, y ninguna obedecía a la otra. Luego, con motivo de la celebración del sexto

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