Actas del IV Congreso Internacional de Mística

129 algunas claves anagógicas para la lectura de la divina comedia centenario de su muerte (1921), Benedicto XV dedicó una encíclica al poeta, In Praeclara Summorum, en que lo reivindicó con las siguientes palabras: “Tampoco lamentamos recordar que la voz de Dante se levantó impetuosa y severa contra más de un Pontífice Romano, y que reprendió con acritud instituciones eclesiásticas y personas que fueron ministros y representantes de la Iglesia”, “actitudes provocadoras” que, siguió afirmando, “nunca sacudieron su firme fe católica ni su filial afecto a la santa Iglesia”. De ese modo, y pocos años antes de los pactos lateranenses entre la Iglesia y Mussolini, se levantó definitivamente la animadversión eclesial contra Dante y se reinterpretó como paladín de la ortodoxia católica medieval. En este sentido hay que reconocer la gran altura de miras, no sin cierta astucia, de la Iglesia romana que decide dejar de tener como aliado del laicismo y enemigo declarado al más importante poeta patrio, para pasar a considerarlo no solo compañero de viaje sino, quién lo iba a decir, el mejor transmisor de la fe cristiana en los albores de la Edad Media, una suerte de Tomas de Aquino en verso y en toscano que habría construido una verdadera catedral ortodoxa, crisol de la enjundia evangélica. A partir de ese instante, en la hermenéutica católica, las críticas feroces al papado se consideran plausibles en tanto que los pontífices de la época se dejaron llevar con demasiada glotonería por los cantos de sirena del poder temporal. En una lectura, pro poeta, en la que este, como buen creyente, siempre quiso lo mejor para su Iglesia. Se configura así, pedagógicamente, de manera casi universal a lo largo del siglo XX, una reivindicación católica de Dante como poeta ortodoxo que trenza una alegoría poética exquisita (y compleja) sobre las grandes cuestiones de la fe: los tres reinos transmundanos, los novísimos, la redención, el pecado y la gracia, que obtiene durante décadas un éxito desmedido, no tanto en la crítica especializada como en la paideia de la pública instrucción. Se trata, en efecto, de una lectura reglada, canónica y prefijada de antemano: Dante se convertiría así en el defensor y expositor de la fe a través de un horizonte de expectativas acorde a ese reduccionismo hermenéutico en el que los lunares se pasan por alto o se integran en un discurso, diríamos, de buen hijo de la Iglesia que, como los hijos de Noé, tapan las vergüenzas de su padre ebrio3. 3 Sucede solo que en la obra de Dante no se cubren pudorosamente, sino que antes bien, se destapan con vehemencia y, en ocasiones, como el discurso de san Pedro en el Paraíso contra la Roma papal, de manera incontrovertible y difícilmente digerible para esa misma doctrina que, interesadamente, lo exalta como paladín de la cristiandad.

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