150 actas del iv congreso internacional de literatura mística corazón, donde hay semillas divinas, etc. Pero, aunque el creyente aspire a la Presencia divina, reconoce que no la puede alcanzar por sus propias fuerzas. Así, los místicos presentan una conciencia aguda de la absoluta precedencia de Dios, de lo Divino, del Uno y señalan la fundamental pasividad de toda experiencia mística. Para que exista fenómeno religioso es necesaria, además, la respuesta del creyente: la acogida y el reconocimiento de la Presencia que le da el ser y se le entrega. Y si toda actitud de fe supone una aceptación agradecida de esa Presencia, la experiencia mística supone una profundización de la fe, con unas características propias (Martín Velasco, 1999: 289-299). Los místicos de todas las tradiciones señalan que han “visto”, han “oído”, han “gustado”, han entrado en contacto con la Realidad Última, Dios, lo Divino, han tenido una experiencia inmediata. Por tanto, la experiencia mística supone un conocimiento experiencial del Misterio, aunque la transmisión de tal experiencia no deje de ser mediada por las propias categorías religiosas y culturales. Supone un hecho extraordinario, una novedad respecto de la vida ordinaria. El místico descubre que el mundo es ‘más’ de lo que es: reconoce un lado invisible de lo real, otra cara de la realidad. Además, la experiencia mística presenta un carácter holístico, totalizador y englobante. En ella se percibe la totalidad, la unidad de lo divino y lo humano, una coincidencia de opuestos, y se produce en una pasividad radical, en la cual el yo activo del sujeto se pierde. Contiene también la experiencia mística una dimensión de conocimiento, pues penetra la verdad. Es un conocimiento intuitivo y unitivo, una certeza adquirida por propia experiencia, por haber “saboreado”, es una sabiduría. Sin embargo, al mismo tiempo es inefable, desborda toda formulación y no puede ser comunicada. De ahí que en numerosas ocasiones los místicos hablen de “un no saber sabiendo, toda ciencia trascendiendo” (San Juan de la Cruz). Se trata, por tanto, de una experiencia cierta y oscura, que desborda las capacidades del ser humano. En muchos casos, supone una experiencia gozosa, fruitiva. Puede darse como un momento fuerte, una experiencia excepcional, transitoria, que no se mantiene durante mucho tiempo, aunque tenga una profunda incidencia en la vida de la persona. Y también puede llegar a convertirse en un estado o un modo de ser permanente, denominado “estado teopático” (un constante “padecer” a Dios). Una vez presentada someramente la estructura de todo fenómeno místico y sus características, podemos rastrear su presencia en las palabras del Maestro Eckhart.
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