158 actas del iv congreso internacional de literatura mística Cuanto más recogidas mantengas tus potencias y más olvides todas las cosas y las imágenes que hayas podido introducir en ti; y cuanto más te distancies de las criaturas y sus imágenes, más te acercas a ella [la Palabra] y te haces más receptivo. […] El ser humano ha de despegarse de todos sus sentidos, dirigir todas sus facultades hacia el interior y llegar a olvidarse de todas las cosas y de sí mismo. […] Por eso, si Dios debe decir su Palabra en el alma, es preciso que ésta se encuentre en reposo y en paz. Entonces Dios pronuncia su Palabra y se dice a Sí mismo en el alma. Sermón 101 (Bara y De Cos: 89-90). Pero si las facultades se mantienen en silencio, lo que sucede no se puede conocer. De ahí que Eckhart diga que el nacimiento de Dios en el alma “permanece oculto para las facultades. Y esto es lo más útil para ellas. Pues el desconocimiento las incita al asombro y hace que se lancen en su búsqueda” (Bara y De Cos: 92). Se trata de un “conocimiento desconocido” (93), que sucede en la oscuridad, en la noche, como la llegada de los ladrones: Se esconde pero, al tiempo, se muestra. Y viene a la manera de un ladrón, que quiere adueñarse de todas las cosas del alma y robarla. Pero si este algo se muestra y se manifiesta un poco, es por seducir al alma y, aún más, para atraerla hacia él, y despojarla de lo suyo y tomarla por entero. Sermón 101 (Bara y De Cos: 94). Sin embargo, aunque “llegue como un ladrón”, en la noche, la presencia divina “se muestra un poco” e irradia en las facultades, que la perciben como paz, alegría… En el Sermón 102 precisa los frutos de este nacimiento: la bienaventuranza. “Si sólo esperas este nacimiento en ti ‒aclara Eckhart‒ encontrarás todo bien y todo consuelo, toda alegría, todo ser y toda verdad. Si te lo pierdes, te perderás también todo bien y toda felicidad. […]. Por este nacimiento llegas a participar del influjo divino y de todos sus dones” (DW IV: 411). Añade además la razón por la cual puede suceder: por el amor desmesurado de Dios, [que] ha situado nuestra felicidad en un padecimiento: pues padecemos más que actuamos y recibimos incomparablemente más que lo que entregamos. Y cada don divino amplía [en nosotros] la receptividad y el deseo de acoger otro más y otro aún mayor. Sermón 102 (DW IV: 433).
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