Actas del IV Congreso Internacional de Mística

166 actas del iv congreso internacional de literatura mística Fiel a su vocación greco-latina, Ángel privilegia en su nuevo volumen la evocación de las ruinas grecorromanas, inundadas de sol y rodeadas del azul marino del Mediterráneo que tanto ama. Sus encendidas pinturas verbales evocan las delicadas pinceladas con las que Góngora pinta los paisajes sicilianos del Polifemo, que tanto antes cantara Ovidio. La paleta cromática de García Galeano es, sin embargo, muy variada, pues no sólo se sirve de los delicados colores pastel propios de una apacible acuarela, sino que prodiga los malvas juanrramonianos, los ocres y carmesíes, las deslumbrantes luces diamantinas y los vibrantes magentas, junto al turquesa profundo de las aguas. Estos colores iridiscentes y encendidos se asocian a los estados alterados de conciencia, y nos sugieren que el poemario tiene otros sentidos ocultos. Hollamos con nuestro autor, como era de esperar, espacios poblados aun por los antiguos dioses y héroes legendarios, desde Zeus hasta Odiseo, que vuelven a la vida surgiendo de su pasado inmemorial. También en Geofanías vuelven a la vida la bella Clara y su eterno enamorado, el Poverello; don Quijote y su encantada Dulcinea; Dante, entristecido por el exilio; los irlandeses obligados a emigrar por el hambre y apenas salvados por la humilde patata; incluso los masai del Monte Kenya y los Hopi del Gran Cañón, que aun esperan, junto al poeta solidario, a Pahana, su hermano blanco perdido. No podría faltar san Juan de la Cruz, a quien el autor dedica el primer poema del volumen. Es el único personaje literario a quien llama “hermano” y “amigo”, nostálgico por su vuelo místico hacia el nido de la dulce Filomena. Ya veremos cuán honda es la empatía espiritual de García Galeano con el príncipe de los místicos españoles. Ya dije que, prima facie, estamos ante un cuaderno de viajes hecho alta poesía, pero una mirada más cercana nos va revelando que el poeta evoca ante todo estructuras religiosas: templos, monasterios, basílicas, laberintos, pirámides y oráculos. Es decir, espacios consagrados a la plegaria y a la contemplación. Cuando celebra en sus versos geografías que no constituyen de por sí templos, los convierte en tales: el Peñón de Guatapé se metamorfosea en una mandala de las siete moradas del alma teresianas y la Cueva de Montesinos se revela como un descenso iniciático a las profundidades del ser. El protagonista poético se pasea meditabundo por todos estos espacios, los contempla admirado, pero

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