170 actas del iv congreso internacional de literatura mística He aquí el poema: Puente de los suspiros: adivina lo que pedí: volver a verte el día en que pueda decirte esta poesía que de pronto te cifre y te defina. Pero cómo encontrar esa cadencia que en su rimar pudiera estar tenerte, que recitarla obrara el abrazarte y derribara el muro de la ausencia. De momento es un sueño el que aparezcas, pero insisto y le imploro a Dios de hinojos que se apiade y me enseñe aquel hechizo con que al nombrar la luz, la luz se hizo para poder decir al fin “tus ojos”, o “hágase la aurora”…y que amanezcas. Pero el poemilla secreto que palpita en el interior del soneto se libera del anclaje de la anécdota amorosa y su afasia se transforma en una sed cósmica que suplica, como Dante en su Comedia, pronunciar lo Indecible. Ordenamos los versos y surge el haiku: Pedí esa poesía que en su rimar derribara el sueño y me enseñe a decir la aurora5. El delicado haiku ha echado alas y vuela, pues el amor humano ha dado paso al Amor que mueve el sol y las demás estrellas. La aurora sustituye a la amada de carne y hueso, pero la misma desnudez lírica del haiku potencia la voz “aurora” y la convierte en símbolo. No es exagerado pensar que el poeta evoca la Aurora consurgens de los alquimistas del alma, o bien la luz auroral de la geografía visionaria de los ishraquiyyun o iluminados sufíes o aun los esperanzados levantes del 5 Conservo en mis citas las negritas con la que el poeta destaca el haiku dentro del poema y advierto que la colocación de los versos del haiku es mía, y que otros lectores podrán imaginar una distribución distinta de dichos versos.
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