175 pesentacióndellibro:lasgeofaníasteofánicasdeángelgarcíagaleano las glosas nos asegura que el prado de verduras “[es] la consideración del cielo, al cual llama prado de verduras, porque las cosas que hay en él criadas siempre están con verdura inmarcesible” (CB 4,4).] Y de un prado eterno, en efecto, se trata. La tierra es simultáneamente el cielo, las flores son luceros: nuestro “abajo” tiene su consoladora contrapartida “arriba”, nuestro humilde “microcosmos” corresponde al infinito “macrocosmos” de Dios. Como si mirásemos a través de un caleidoscopio, bastó una sutilísima vuelta para transformar el prado florido en cielo estrellado. El tenue giro nos ha llevado de un plano de conciencia a otro más alto. Todo se simultanea: un espacio se derrite en otro, o más bien revela otro que parecería su contrapartida, pero que en el fondo es su realidad más auténtica. El Absoluto lo subyace todo, lo fenoménico nos va llevando a lo Inmutable, si sabemos observar con veneración lo creado. San Juan ha abrazado la misteriosa belleza del prado florido, porque fue capaz de intuir los secretos espirituales que le deparaba. Pero no se quedó recreándose en su deleitosa superficie; antes, sus ojos penetraron con tal hondura radiográfica esta belleza creada, que su alter-ego poético pudo reconocer que la verde campiña no estaba simplemente florida, sino que era realmente un cielo nocturno argentado de estrellas olorosas. Un prado trascendido de luz. Los ojos de la Esposa no imponen, descubren el secreto de lo creado, que se le revela con generosidad. San Juan ha abrazado las cosas para trascenderlas. O, acaso mejor, para poder caer en cuenta de que todo el tiempo estaban trascendidas. Johannes Scheffler, quien firmaría El peregrino querubínico con el nombre de Angelus Silesius en el siglo XVII, aprendió, como san Juan, a leer el lenguaje secreto con el que las criaturas entonan su cántico callado a Dios. Todos recordamos su dístico más famoso —“La rosa es/ sin porqué/ florece/ porque florece/ no se presta atención/ a sí misma/ no pregunta/ si alguien la ve”10. Después de leer a san Juan y a Ángel García Galeano podemos comprender mejor el alcance místico del aparente laissez faire de la despreocupada rosa silesiusiana, de 10 Cito por la creativa traducción española de Ángel Darío Carrero, Inquietud de la huella. Las monedas místicas de Angelus Silesius. Prólogo de Juan Martín Velasco (Madrid: Trotta, p. 315). presentación del libro: las geofanías teofánicas de ángel...
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