176 actas del iv congreso internacional de literatura mística sobretonos budistas. Es precisamente un maestro Zen, Shizuteru Ueda, quien interpreta el “dejamiento” de la rosa: considera que su florecer ya no es un fenómeno natural, sino un acontecimiento en Dios, un evento divino: la rosa ha florecido desde toda la eternidad en Dios. Cuando Silesius enuncia el florecimiento de la rosa, alude a la morada mística más alta: aquella en la que el contemplativo asume ya el universo sub specie aeternitatis. Ernesto Cardenal lo aclara en su Vida en el amor: “un animal o un árbol [constituyen] un mensaje fiel que expresa sin ninguna tergiversación posible lo que Dios exactamente quiere expresar con eso, y nada más que eso. […] Cada cosa cumple fielmente en su ser lo que Dios quiere que sea. Cada estrella, […] está contestando en el cielo: “¡aquí estamos!”. Todas las cosas irracionales son el deseo cumplido de Dios”11. Por eso el poeta nicaragüense pudo afirmar que todo ora en el universo: el coyote cuando aúlla solitario en la noche, la paloma cuando arrulla, el ternerito tierno cuando llama a su madre, Romeo cuando silba bajo el balcón de Julieta. También san Ignacio lo entendió, pues cuando acariciaba con su bastón las florecillas del campo les decía: “callad, ya sé lo que me decís”12. El místico que es capaz de celebrar el obediente florecer de las plantas, simple pero milagroso, sabe bien de la armonía última del universo en el seno de Dios, donde todos los planos de la realidad confluyen. De la misma manera que san Ignacio reconocía la voz eterna de Dios en las florecillas del campo, san Juan de la Cruz entendió como los pececillos a orillas de un río en Granada alababan a Dios, y llama a sus hermanos para que lo atestigüen gozosamente con él. Angela de Foligno expresa el mismo aserto en su Libro de la experiencia de los verdaderos fieles: “en todas las cosas vi el divino poder de manera indescriptible, de forma que en el colmo de la maravilla el alma gritó en alta voz: el mundo está lleno de Dios”. Bernardino de Laredo, por su parte, nos convoca a ver a Dios en todas las cosas, incluso las más humildes, desde una lenteja a un ladrillo. Y Whitman entiende los secretos de la Trascendencia en la brizna de hierba, tan significativa para él como la danza de los astros. En la viñeta “Sentirse en muerte”, Borges describe otra experiencia de la misma tesitura reconciliadora del universo. Emilio Ricardo Báez13 considera que esta sería la primera experiencia 11 Vida en el amor (Managua: Ediciones Nicarao, p. 100). 12 Hipólito Jerez, S. J., Ternuras ignacianas (Bogotá, 1941, p. 32). 13 Jorge Luis Borges, el místico (re)negado Madrid: Biblioteca Nueva, 2017.
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