30 actas del iv congreso internacional de literatura mística escribe ha llegado al más alto grado de vida mística; ya sea por su extraordinaria capacidad de expresar en términos inteligibles sus vivencias interiores, hasta hacer claro y evidente lo inefable, y dejarlo marcado con el sello de la más alta veracidad; ya sea por la fuerza que hace comprender su conexión interior y presenta el conjunto en una acabada obra de arte.16 Para Edith Stein esto es así. Lo ha aprendido de sus maestros, pero también de su propia experiencia, desde el primer momento en que toma conciencia experiencial del acontecer del Misterio en su propia vida. Ella confiesa que su primera experiencia mística de Dios, la determinante en su proceso de conversión no fue sólo toparse con la Divinidad, sino que principalmente lo observa en su modo de seguir viviendo. Una experiencia que la saca de las angustias de la vida, de la guerra, de la desesperanza; una energía que impulsa y fortalece a la voluntad; y un modo nuevo de confrontarse con el presente y de proyectarse hacia el futuro. Es la quietud en Dios. No como pasividad receptiva, sino como transformación extática, es decir, que no la cierra en sí, sino que la saca de sí, hacia fuera17. Desde ese momento, una confrontación positiva con la realidad la lleva a superar el pesimismo existencial ligado a los fracasos personales, a la realidad social de la guerra y de la discriminación por su condición de mujer. 16 El castillo interior, OC III, 1112-1113. 17 En cierto sentido, lo que fue la gran experiencia mística de Edith lo dejó plasmado ella misma en este texto escrito en 1918: “Existe un estado de reposo en Dios, de completa relajación de toda actividad espiritual, en el que no se hace ninguna clase de planes, no se adoptan resoluciones, y menos aún se actúa, sino que todo lo futuro se deposita en manos de la voluntad divina, uno “se abandona” por completo “al destino”. Este estado se me concede, por ejemplo, cuando una vivencia que sobrepasaba mis energías, ha consumido por completo mi energía vital espiritual y me ha arrebatado toda actividad. El descansar en Dios, frente al fracaso de la actividad por carencia de energía vital, es algo completamente nuevo y singularísimo. Aquel era silencio propio de muertos. En lugar de él aparece ahora el sentimiento de hallarse acogido, de estar liberado de toda preocupación y responsabilidad y obligación de actuar. Y cuando yo me entrego a este sentimiento, comienza a llenarme poco a poco nueva vida y vuelve a impulsarme –sin tensión alguna de la voluntad– a nueva actividad. Esta vivificadora afluencia aparece como un efluvio de una actividad y de una energía que no son mías, y que actúan en mí sin imponer exigencias a las mías. El único presupuesto para semejante renacimiento espiritual parece ser cierta capacidad receptiva, como la que se fundamenta en la estructura de la persona que se ha sustraído a la acción del mecanismo psíquico.” (Causalidad Psíquica, OC II, 298).
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