50 actas del iv congreso internacional de literatura mística Se trata de una experiencia imposible de poner en palabras, ya que el instante supremo en que el ser humano percibe la unidad participante con el Amor infinito trasciende las coordenadas de la razón, de los sentidos, del lenguaje y del espacio-tiempo. Henri Bergson consideró que este trance suprarracional implicaba un salto evolutivo para el ser humano: la cúspide de las posibilidades de nuestro ser. Muchos místicos, como la Madre Ana de Jesús, destinataria del “Cántico” de san Juan de la Cruz, han reverenciado con el silencio esta experiencia directa de Dios que acontece sin mediación alguna. Con todo, José Ángel Valente advierte que “el místico se debate entre la imposibilidad de decir y la imposibilidad de no decir”3. Y en nuestros tiempos, igual que en épocas remotas, son muchos los que han dado testimonio del don místico recibido. He leído con el máximo interés a contemplativos modernos como Teilhard de Chardin, Thomas Merton y Dag Hammarskjöld pero, sobre todo, he atesorado el privilegio de dialogar directamente con místicos contemporáneos de orientaciones religiosas muy diversas. De todos he aprendido que el fenómeno místico está muy presente en nuestra modernidad. La vivencia inefable de la Trascendencia se viene explorando con interés creciente. En The Varieties of Religious Experience, William James refuta las teorías que hacían derivar el éxtasis del instinto sexual o de necesidades afectivas insatisfechas. Desconfió de los argumentos que explicaban las vivencias de San Pablo como una descarga epiléptica occipital o las de santa Teresa como una afección histérica. Aunque santa Teresa padeciese algunos desequilibrios nerviosos, ello no basta para explicar su complejo legado contemplativo. James también diferencia al místico genuino de la víctima de decompensaciones psicológicas y del usuario de estupefacientes: “por sus obras los conoceréis”. Se suman a esta posición pragmática teóricos como Evelyn Underhill, Juan Martín Velasco y Raimon Pannikar y psicoanalistas neofreudianos de probada solvencia. El psicólogo Henri Delacroix observa que a medida que se avanza en los estadios de la vida contemplativa, no se produce un empobrecimiento de la vida psíquica, como en las disociaciones psicóticas, sino al contrario, se da un enriquecimiento cada vez mayor. El místico experimenta un grado notable de autoestima y carece de la amargura y del resentimiento o de la calma resignada que percibimos en 3 Valente 1982: 62.
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