Actas del IV Congreso Internacional de Mística

53 la actualidad de la vivencia mística (siglos xx y xxi) Uso los nombres de estos amigos con permiso expreso, aunque sé bien que no todas las personas con quienes he hablado del éxtasis transformante se inclinan a compartir públicamente lo vivido. Secretum meum mihi, como dejó dicho santa Edith Stein. Guardo su intimidad bajo sigilo hermético. Vayamos ahora al caso de algunos místicos contemporáneos, que pusieron por escrito su encuentro con la Hermosura tam antica et tam nova que celebrara san Agustín. ernesto cardenal El poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal suele ser leído como un poeta revolucionario que adelanta la teología de la liberación y que se compromete con los pobres de su tierra. Yo he conocido más de cerca al poeta místico, que se hizo revolucionario por amor al Reino tras experimentar la unión teopática. De ahí que las actividades del poeta —su ingreso en la Trapa, su politización en Solentiname, sus versos y su arte escultórico, su compromiso con el primer sandinismo, su tutoría poética a los niños con cáncer, su misa final en el lecho de muerte— son la manifestación de una vivencia espiritual que lo marcó para siempre. Cuando Ernesto vino por primera vez a Puerto Rico en 1974 me armé de valor y le pregunté si él era el protagonista de un pasaje inequívocamente místico de su Vida en el amor. Cardenal murmuró un tímido “sí” y a partir de ahí comenzó un intercambio de confidencias espirituales que sólo terminó con su muerte12. Me he dedicado a la arriesgada tarea de reubicar la escritura de Cardenal dentro de unas nuevas coordenadas contemplativas, sin olvidar que la suya es, como dice Arianna Fabbri, “una mística no de separación del mundo, sino de compenetración de la historia” (Arianna Fabbri 2007: 19). 12 Mucho de esta conversación está contenida en la correspondencia que intercambiamos, primero por carta, luego por Fax y más tarde por correo electrónico. Me extrañaba que el poeta hubiese aprendido a manejar el ciberespacio, que usamos largamente para nuestras disquisiciones místicas y para consultas espirituales que iban de ida y de vuelta. Pero un buen día Ernesto me confiesa que él no escribía esas cartas, se las dictaba a su ayudante y aliada vital Luz Marina Acosta. “¡De manera que Luz Marina sabe de todo lo que nos decimos!”, increpé al poeta, pues creía que esas conversaciones espirituales tan íntimas eran “secretas”. Y Ernesto me respondió, riendo: “No te preocupes, Luz Marina no va a entender de esas cosas”. Claro que mi querida Luz Marina entendía todo, y no me queda sino agradecerle que haya sido nuestra intermediaria fiel de tantos años. S in su ayuda, Ernesto y yo no habríamos podido escribirnos con tanta facilidad.

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