Actas del IV Congreso Internacional de Mística

54 actas del iv congreso internacional de literatura mística Insistí a Ernesto que volviera a escribir sobre su experiencia fruitiva de Dios y poco a poco se fue animando. En sus entrevistas con Hermann Schultz, Mario Benedetti y Ana Nadal, entre otros, siempre se refirió a ella con modestia extrema: “no me gusta hablar de mi oración. Es algo demasiado íntimo y personal, un asunto entre esposos, se podría decir”13. Con todo, admite a Paul Borgeson que “la clase de misticismo que yo he practicado es la misma de san Juan y Teresa”14. A mí me confesó: “Sabes bien que no [lo] puedo describir. Es como explicar a un ciego el color azul” […]; es “como si un nuevo órgano de percepción te naciera cuando percibes a Dios a niveles infinitos de conciencia”15. En carta desde Managua (1984), Ernesto me dio su mejor lección: “Las experiencias místicas las pueden tener aún los que no son santos. Son caprichos de Dios, y las da a quien quiere, no porque se merezcan. […] puede darlas a los más débiles para ayudarles, porque personas más fuertes no las necesitan”. Cardenal pensó que a nadie más que a mí me habría de interesar el tema: “ese tema místico te interesa a vos por ser tan tuyo pero para otros ha pasado desapercibido…” (carta desde Managua del 10 de marzo de 1991). Creo, sin embargo, que el tema realmente es tan “suyo” que, si no lo tomamos en cuenta, leeríamos su escritura fuera de foco. Sospecho que las generaciones futuras lo recordarán como poeta místico más que como poeta de compromiso social. O de compromiso social por místico, que acaso sea más adecuado. Thomas Merton, su mentor en la Trapa de Kentucky, lo vio desde temprano: “Ernesto Cardenal dejó Getsemaní por mala salud. Pero yo ahora puedo ver que también había otra razón: no tenía sentido que continuara aquí como novicio […], cuando en realidad él ya era un maestro”16. La introspección contemplativa comienza para Cardenal en el monasterio trapense de Gethsemany, en el que ingresa después de una conversión espiritual que pone fin a una vida que él mismo describe como disipada17. Admite que los poemas que escribió allí constituyen 13 Cf. Cabestero 1983: 37-38. 14 Apud P.W. Borgeson 1984: 123. 15 Conversación en San Juan de Puerto Rico, 1974. 16 Merton 1970: 21). 17 Oigamos directamente al poeta, que da fe de su vida de aquellos días de juventud que evocan los de un San Agustín, o un San Jerónimo, o aún un Thomas Merton. En México se dedica a “tragos, fiestas y borracheras” (Borgeson 1984: 49). Como estudiante en Madrid, otro tanto: era un estudiante becado que nunca asistía a la Universidad: “Cuando vine a Madrid, hace veintisiete años, era un poeta de vida bastante disipada. Un poeta que quería vivir la vida intensamente, aunque también equivocadamente, según lo descubrí después […]. Me dedicaba principalmente a beber con unos amigos en la calle Echegaray, en una taberna de la calle Válgame Dios y en otros lugares así. Algunas veces, en la mañana nos íbamos a tomar una cerveza para quitarnos “la goma”, como decimos en Nicaragua. Y después pasábamos a tomar algunos vinos y estábamos tomando vino hasta la noche. Era época de muchos enamoramientos, algunos muy profundos” (ibid.: 49-50).

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