58 actas del iv congreso internacional de literatura mística minuto… ¿Qué puedo decir sobre ello? No me dejen construir más murallas en torno a [la experiencia], no vaya a ser que me encierre fuera de ella del todo29. Se pregunta si la gracia sobrenatural se le habría de repetir, pues ya no desea nada que no sea este puro amor de Dios, «que eres Tú amándote a Ti mismo […] en todas mis facultades, de manera que las dejas vacías y perdidas y finiquitadas de una vez por todas […]»30. Todo le parece “tosco y laborioso y miserable y barato y vil en comparación con la pureza de ese amor”31. Al día siguiente Merton registra en su diario la desdicha que le produce el regreso abrupto al plano físico: Octubre 26, 1947. Aquello duró medio minuto. Heu recidere in mea compellor! (¡Ay! ¡Tener que replegarme en mí mismo una vez más!) Sufrir la indignidad de ser un miembro de la raza humana —es que se siente como una indignidad. Claro que podría argumentar que es un privilegio, pero cualquier argumento lo que hace es darme dolor de cabeza32. La afasia y las frases entrecortadas y anhelantes del contemplativo, junto al dolor de replegarse de regreso al cuerpo, hacen de su testimonio una pieza antológica en la historia de la literatura mística moderna33. 29 Merton 1996: 127. 30 Merton 1996: 128. 31 Ibid. 32 Merton 1996: 128. 33 Cardenal alude a otra posible experiencia que podría haber tenido su maestro, pero que le resulta imposible de corroborar. Una vez en una charla a los novicios, Merton se interrumpió brevemente y se le contrajo el rostro. «Me pareció que podría haber tenido una especie de visión o arrobamiento; pero también puede haber sido que hubiera sentido un dolor: él tenía mala salud, y padecía de varias cosas» (Cardenal 1999: 202). El poeta nicaragüense comenta, de otra parte, que el editor y gran amigo de Merton, James Laughlin, considera que el maestro de novicios «nunca había tenido una experiencia mística importante» (Cardenal 1999, 202) hasta que tuvo una en Ceilán, frente a las monumentales esculturas de Buda, pocos días antes de morir. He releído con cuidado el testimonio que Merton da de la escena en su póstumo Asian Journal, pero aunque comenta que ante el arte oriental, sereno como pocos, siente que ha podido ir más allá de la sombra y la simulación, añade sin embargo un comentario elocuente: «no sé cuándo en mi vida he tenido una sensación tal de belleza y de validez espiritual aunadas en una iluminación estética» (Merton 1975/2000: 235). La impresión que por lo menos yo recibo ante el pasaje es que lo que el maestro contemplativo está describiendo es un paroxismo estético, no un trance místico. Por iluminadora que haya sido la sacudida artística de esta experiencia en cúspide, dista mucho de la vivencia fruitiva registrada más allá de los sentidos y de la razón que Merton describe en su sobrecogedor Entering the Silence. La unción de sus palabras, casi violenta de tan sincera, persuade de inmediato: el contemplativo ha rozado de veras el Amor Infinito.
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