59 la actualidad de la vivencia mística (siglos xx y xxi) Estas vivencias místicas indujeron a Cardenal y a Merton a dejar la Trapa para llevar una vida espiritual más activa. Soñaban con establecer juntos una fundación contemplativa que incluyera el trabajo fraterno junto a los olvidados de la tierra. Pero Juan XXIII, aunque aprueba la idea, niega a Merton el permiso argumentando que la Trapa no era la orden más adecuada para llevar a cabo esa fundación experimental34. Cardenal, una vez es ordenado sacerdote, termina fundando solo la comunidad Nuestra Señora de Solentiname en el Lago de Nicaragua. Allí esperaba la visita de Merton al regreso de éste de Asia, pero un extraño «accidente» con un abanico eléctrico en Bangkok termina con la vida del maestro35 cuando participaba en un Congreso de monasticismo comparado. Ambos contemplativos sintieron que después de su periodo de contemplación prolongada, les tocaba expresar de manera pragmática el amor de Dios que habían experimentado fruitivamente. En su Vida perdida Cardenal cuenta que al abandonar la Trapa se despide de su maestro arrodillándose a su pies para recibir su bendición. El novicio no vuelve a ver a Merton hasta que, ya ordenado sacerdote, regresa a Getsemaní para que este lo oriente sobre la fundación de Solentiname. «Y al verme fue entonces él el que se me puso de rodillas para recibir 34 Merton no dejó de tener dificultades personales en la Trapa, ya que se enamoró profundamente de la enfermera que lo atendió en el hospital de Louisville en Kentucky. De esa etapa, curiosamente muy fecunda, también ha dejado su testimonio en el diario Learning to Love (1997) y sobre todo en sus bellísimos Eighteen Poems, escritos en 1966 pero publicados, a petición del propio poeta, mucho después de su muerte (New Directions Publishing Corporation, New York, 1977/1985). También Cardenal se habría de enterar muy tarde de esa sorprendente experiencia vital de su entrañable maestro y amigo Merton, pues fue mientras Cardenal escribía sus memorias que compartí con él copia de mi ejemplar del poemario, el # 215. La Abadía de Getsemaní, con quien he correspondido al respecto, me facilitó amablemente el obtener el texto, que cobraban a un precio muy elevado, posiblemente para atemperar el impacto que la lectura del poemario de amor del monje tendría para ciertas personas. Sin duda, en estos libros póstumos, podemos advertir cómo Merton crece como ser humano al experimentar el amor, que le permite un proceso de maduración y de armonización interior, pero al que termina renunciando para permanecer en su vida de trapense. A todo ello se refiere Cardenal en su Vida perdida, en la que por cierto considera que Merton debió casarse con su amada. No sólo respondería así a su verdad más íntima, sino que también hubiera ayudado a flexibilizar la regla del celibato en la Iglesia Católica tradicional. En su propio caso, sin embargo, Cardenal opina que él es un monje «pre-Vaticano II» y que para él ya resultaba imposible ningún cambio en su condición célibe. Con todo, también me confesó que debió haberse casado y que lo haría de volver a vivir su vida. 35 Cardenal siempre ha pensado que no se trató de un «accidente», sino de un plan premeditado para eliminar a Merton, que tan vocal había sido en su denuncia de la política exterior norteamericana, envuelta en la tragedia de Vietnam.
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