66 actas del iv congreso internacional de literatura mística Estudiosos como Juan Arana (Arana 2000), William Rowlandsond (Rowlandson 2013), Annette Flynn (Flynn 2009), María Kodama (Kodama 1999) y Emilio Ricardo Báez (Báez 2017) comienzan a explorar la dimensión mística de algunos textos borgeanos. En mi propio caso, las revelaciones de Borges cambiaron mi manera de leerlo: comprendí por qué el Alpeh tornasolado entrevisto por “Borges” en el sótano de la calle Garay era un “falso Aleph”: el escritor lo había encapsulado —y falseado— en el lenguaje. El verdadero Aleph, en cambio, estaba escondido en una columna de una mezquita del Cairo. Era “verdadero” porque se encontraba al margen de la palabra: sólo era posible escucharlo como un “atareado rumor”. Es decir, a manera de soplo o susurro sin articulación verbal, y de ahí que nunca quedara traicionado por el lenguaje sucesivo59. También pude entender por qué el reverso oculto del “Zahir” (la simbólica moneda que en árabe significa lo “manifiesto” o “exterior”) debía permanecer intocado, pues simboliza el Dios impronunciable de la experiencia mística. Cualquier conocedor del misticismo islámico sabe que los términos zahir/batin son inseparables: constituyen las dos caras de la moneda de dos acercamientos distintos a la Deidad: uno, teológico y exterior; otro, místico e interior. De ahí que Borges se cuide bien de jamás enunciar la voz secreta batin en su relato, pues sabe que debe permanecer silenciada60. Confío en que los estudiosos sigan explorando esta dimensión trascendente de la obra borgeana que, de manera privada pero enfática, el maestro nos confesó a algunos de sus interlocutores cercanos. 59 López-Baralt 2014. Someto a la Bibliografía algunos de mis numerosos ensayos sobre el tema de la vivencia mística en Borges. 60 Cf. López-Baralt 1996a. También “La escritura del dios” me habría de parecer más sugerente a la luz de lo que el maestro argentino me confiaba: el prisionero Tzinacán recibe una revelación súbita y comprende la escritura del dios en las rayas del tigre, pero, sabiendo que el inmenso secreto es imposible de compartir, lo silencia. Otro tanto la rosa que Attar de Nishapur acerca a sus ojos ciegos, hecha de una amalgama imposible —”música, / firmamentos, palacios, ríos, ángeles”—. Es una rosa infinita, y Borges recuerda que los sufíes equivalen a Dios con la Rosa inaprehensible (cf. López-Baralt 2007). En su juvenil “Sentirse en muerte”, que Emilio Báez explora, Borges siente otra experiencia d e sobretonos místicos en un barrio de su niñez, donde las cosas, con las que se siente infinitamente unido, adquieren una extraña aureola hierofánica. Borges deja ver que al fin se ha descubierto como poseedor del sentido de la voz eternidad: el maestro intenta comunicarnos que vivió una experiencia fruitiva y real antes que meramente lingüística. Refiero a la bibliografía mis estudios sobre las claves místicas y orientales de Borges.
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