69 la actualidad de la vivencia mística (siglos xx y xxi) dominando un paisaje de inmensidad, una infinita llanura pululante de hombres, mujeres y niños sobre los cuales se extendían los brazos de Nuestro Señor Crucificado. Y los brazos crecían, crecían y parecían abrazar a toda aquella humanidad doliente y cubrirla con la inmensidad de su amor. Y la cruz subía, subía hasta el cielo y llenaba el ámbito todo y tras ella subían muchos, muchos hombres y mujeres y niños. Subían todos, ninguno se quedaba atrás…”65. La viñeta “Sentirse en muerte” de Borges es otra experiencia de la misma tesitura reconciliadora del universo. Emilio Ricardo Báez66 considera que esta sería la primera experiencia mística de las dos que el argentino aseguraba haber tenido. Borges pasea por los barrios de su niñez, pero en ese espacio dulzonamente costumbrista las cosas adquieren una súbita aureola hierofánica: “hasta los portoncitos [...] parecían obrados en la misma sustancia infinita de la noche”; incluso lo rosado de una tapia “parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima”. Ante el paisaje encendido, Borges siente que al fin poseyó el sentido […] de la inconcebible palabra eternidad [...] que esa noche no [le] fue avara”67. La experiencia mística tradicional implica la obnubilación inmediata del mundo sensorial, pero en las vivencias que vengo comentando sucede justamente lo contrario: el mundo material adquiere poco a poco una condición numinosa y se inflama de eternidad. De ahí que tanto Mujica como Chardin y Borges sientan una misteriosa identificación con el mundo creado, que, aureolado de infinito, permea sus mentes dilatadas. Les ha acontecido un ajuste de conciencia gracias al cual comprenden que todo participa del Amor “que mueve el sol y las demás estrellas”. 65 Cito El “hecho extraordinario” y otros escritos de García Morente (1986) a través de Juan Martín Velasco (1997: 217). García Morente, tras la visión crística que he citado, experimenta otra vivencia aun más dramática, en la que siente la inequívoca presencia de Dios, aun sin experimentar un rapto místico: “Allí estaba Él, yo no lo veía, no lo oía, yo no lo tocaba, pero Él estaba allí. […] su presencia me inundaba de tal y tan íntimo gozo que nada es comparable al deleite sobrehumano que yo sentía. Era como una suspensión de todo lo que en el cuerpo pesa. ¿Cuándo terminó la estancia de Él allí? Tampoco lo sé. Terminó” (apud Martín Velasco 1997: 223). Debo decir que esta curiosa experiencia de una presencia divinal inequívoca la ha tenido a su vez otra contemplativa contemporánea que me la ha narrado con lujo de detalles. Para que la comprendiera mejor, me citó justamente el caso de García Morente. 66 Báez 2017. 67 Borges 1928:150.
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