91 moiséscordoveroyteresadejesús:amorytemoreneljardíncompartido hortelano, los primeros frutos reales de su amor por Dios y el temor divino, experimentando lo que Teresa llama «oración de quietud» (V 14:1), durante la cual las potencias «comienzan a recogerse», es decir, a «disponerse» verdaderamente para la unión amorosa con el Creador (V 14:2). En sus palabras: Ha de hacer cuenta el que comienza, que comienza a hacer un huerto en tierra muy infructuosa, que lleva muy malas hierbas, para que se deleite el Señor. Su Majestad arranca las malas hierbas y ha de plantar las buenas. Pues hagamos cuenta que está ya hecho esto cuando se determina a tener oración un alma, y lo ha comenzado a [hacer]; [...] con ayuda de Dios [entonces] hemos de procurar, [como] buenos hortelanos, que crezcan estas plantas [teniendo] cuidado de regarlas para que no se pierdan, sino que vengan a echar flores que den de sí gran olor para dar recreación a este Señor nuestro, y así se venga a deleitar muchas veces a esta huerta y a holgarse entre estas virtudes (V 11:6). La escena que describe el grabado de Palomino, y que termina de habilitar el intertexto con la homilía de Cordovero, se completa con una segunda línea o vector ascensional, que en este caso une simbólicamente tres puntos: el piso de la entrada al Castillo, donde un grupo de vírgenes del Carmelo pugna por ingresar para la aventura espiritual por las «moradas», el corazón místico que pende de la puerta y les recuerda la entrega amorosa que el temor de Dios les exigirá, y el Cordero sacrificial que aguarda por ellas y resplandece en lo más alto del cielo. Lo interesante de la estampa es que permite apreciar panorámicamente la totalidad del proyecto teresiano, en particular la funcionalidad del «jardín» en tanto axis mundi que, como en Cordovero, dramatiza la dinámica del amor y el temor de Dios en el «vergel del alma», el cerrado espacio donde fluye el único manantial que permite que la Samaritana —prefigura de las monjas de la Reforma— sacie su «sed de vida eterna», y que la santa afirme, con San Pablo, «He luchado el buen combate, he concluido la carrera, he guardado la fe» (2 Tim, 4,7-8)21. De hecho, la misma deuda y un similar gusto por el imaginario simbólico del Paraíso bíblico se adivinan en la conocida 21 Véase, en este sentido, la Tesis doctoral de Martín Martínez Larios, OCD, Raíz bíblica de la mística teresiana. Presencia de la Biblia en la obra teresiana. Madrid: Universidad Pontificia Comillas (en particular, p. 371, nn. 97 y 98). moises cordovero y teresa de jesús: amor y temor en el jardin...
RkJQdWJsaXNoZXIy NzUzNTA=