Yo soy cristiano: Identidad, misíon y testimonio ¿Quién soy? ¿Por qué lo soy? ¿Cómo lo vivo?

78 actas del quinto congreso católicos y vida pública queremos salir a las periferias, entrar en un diálogo real con la cultura dominante e intentar contribuir en el cometido de la Iglesia que siente la llamada permanente del Señor a evangelizar esa cultura. iv. conclusión Podía haber empezado mis palabras recordando buena parte de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium con la que el papa Francisco ya nos trazó, no solo un diagnóstico del mundo actual y sus desafíos, sino sobre todo, un excelente plan evangelizador desde la alegría. Espero que mis palabras hayan contribuido, muy especialmente, a tomar el testigo que en dicho documento nos lanzaba el papa de ser testigos de la alegría para este mundo. Porque la principal crisis del mundo actual es una crisis de tristeza, de amargura, de desesperación. El hombre ha querido confiar tanto en sí mismo que, como era previsible, ha salido desencantado de la experiencia. Nada nuevo bajo el sol, por lo demás, Ya en el profeta Jeremías leemos: “Maldito sea aquel que confía en el hombre, y hace de la carne su apoyo, y de Yahveh se aparta en su corazón” (17, 5). El papa nos alerta a no ser cristianos cuya opción sea una Cuaresma sin Pascua (EG 6), y más importante aún, a no caer en el que me parece uno de los peligros más graves que nos acecha, el de la acedia que mata la ilusión por vivir renovados. Dice el papa en la misma exhortación: “Así se gesta la mayor amenaza, que «es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad». Se desarrolla la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo. Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como «el más preciado de los elíxires del demonio». Llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por cosas que solo generan oscuridad y cansancio interior, y que apolillan el dinamismo apostólico. Por todo esto, me permito insistir: ¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!” (EG 83) Al leer estas palabras no podía por menos que recordar la

RkJQdWJsaXNoZXIy NzUzNTA=