Cuba y Puerto Rico: Encuentro Pionero

10 pontificia universidad católica de puerto rico franquearíamos la frontera y nos adentraríamos en tierras cubanas. Descubriríamos el misterio que, hasta ahora, había constituido un país tan cercano y tan lejano. Fue así como nos convertimos en testigos presenciales de la conmovedora arquitectura isleña, constatada en la impresionante planificación urbana de sus centros coloniales, tradicionales y modernos. Nos impresionarían el arte plástico, las exquisitas exposiciones de sus museos, el despliegue del pasado en los monumentos que guardan la memoria histórica. Escuchamos conferencias de literatura cubana en la prestigiosa Universidad de La Habana y también en esta urbe nos sorprendieron los detalles brindados por uno de los arquitectos a cargo de los complicados procesos de restauración urbana de la ciudad. Desde La Habana hasta Santiago de Cuba, nos deleitamos con su naturaleza vibrante, los aromas particulares del tabaco en Pinar del Río, de la campiña oriental, del café y del guarapo. Bailamos su ritmo a través de toda la travesía, degustamos su cocina, conversamos con su gente. Trinidad nos deslumbró con suhistoria y sumantelería como joya artesanal. SantaClara fue parada providencial para estrechar lazos solidarios con su obispado y Cienfuegos y Camagüey lució primorosa con sus calles lluviosas, para acentuar en ellas la belleza de sus edificios coloniales. En el Cobre nos esperaba, coronando la Sierra Maestra, la Virgen de la Caridad, en uno de los momentos más sobrecogedores de la estadía. En fin, que como sucede con cada viaje, el aprehender por nosotros mismos, cada cual desde su perspectiva única, la realidad de un nuevo paisaje que se desplegaba ante nuestros ojos, fue lo que se convirtió en un ejercicio de continuo aprendizaje. Enclavado desde el espacio latitudinal que se desplegaba en la geografía cubana, desde Occidente hasta Oriente, el país cubano nos ofreció por catorce días las visiones y las sensaciones más diversas. Nos adentramos en su valles y en sus montes, en sus cuevas y en sus ríos, en sus playas y en sus caminos, en el olor particular de sus atardeceres y en los sabores de su legendaria gastronomía. Ya hoy, un año después, regresando a través de la memoria al lugar que ha quedado atrás, puedo decir con certeza que experimentamos en aquellos pintorescos parajes la cercanía de unos seres que se desprendían de su cotidianeidad para ofrecernos la invaluable promesa de una sonrisa a medio dibujar. Otros, vivarachos, como el amable viejecito cortador de caña camino a Cienfuegos, nos regalaban mangos y guineos manzanos

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