Yo soy cristiano: Identidad, misíon y testimonio ¿Quién soy? ¿Por qué lo soy? ¿Cómo lo vivo?

74 actas del quinto congreso católicos y vida pública aceptar unas categorías meramente teóricas, aunque sean mejores, simplemente porque no es capaz de escuchar ese discurso como alternativo al suyo. Ante lo que una mentalidad cultural en crisis no puede hacer nada es ante una propuesta alternativa de vida. Porque, como sucedía en los primeros siglos del cristianismo con aquel “mirad cómo se aman”, lo que una sociedad en crisis no puede impedir es que su insatisfacción y deterioro del corazón humano busque llenarse con lo que de verdad merece la pena. La misión de los católicos ante la crisis mundial, por tanto, es la de ser testigos de una vida nueva. Hoy más que nunca si cabe. Retomaré aquí dos ideas del discurso ya citado del papa Francisco en el V Congreso de la Iglesia Católica italiana, pues tiene dos ideas que me parecen especialmente relevantes para quienes nos movemos en el ámbito de la universidad, del mundo académico, en el que la teoría y las construcciones ideales parecen tener la primacía, y en el que por tanto, lo que acabamos de ver de las épocas críticas podría dar la impresión de encajar mal. En dicho discurso, el papa alertaba ante dos tentaciones que han acechado siempre a los miembros de la Iglesia que ponían más confianza en sí mismos que en la Vida que surge del encuentro con Dios que salva. Tentaciones, por tanto, que se mueven en el ambiente crítico: la tentación pelagiana y la gnóstica. Dice el papa que la tentación pelagiana, “empuja a la Iglesia a no ser humilde, desinteresada y bienaventurada. Y lo hace con la apariencia de un bien. El pelagianismo nos conduce a poner la confianza en las estructuras, en las organizaciones, en las planificaciones perfectas, siendo abstractas. A menudo nos lleva también a asumir un estilo de control, de dureza, de normatividad. La norma da al pelagiano la seguridad de sentirse superior, de tener una orientación precisa”. Como ven, describe perfectamente el esplendor de una época crítica que ha perdido toda conexión con la vida. La humildad es una virtud especialmente recomendable para el intelectual, porque corre el riesgo de caer en una especie de fundamentalismo de sí mismo, y corre más riesgo cuanto más brillante sea. Porque la seducción de

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