33 hacia la libertad en la verdad: conflictos, identidad y derechos • No te olvides de que las historias atrapen la atención. ¿Por qué son eficaces las historias para comunicar? Jonathan Gottschall, profesor de literatura en el Washington & Jefferson College y autor del libro The Storytelling Animal: How Stories Make us Human (2012), ha dedicado una serie de tres artículos en la revista digital Co.Create a responder a esta pregunta. Su tesis es que, en un momento en que tantas cosas compiten por nuestra atención, las historias tienen el poder de hacer creer a las personas que lo que están escuchando o viendo les está pasando a ellos. Si bien es cierto que los smartphones y otros artilugios demandan cada vez más nuestra atención (cfr. Aceprensa, 9-12-2013), la mente humana es curiosa por naturaleza, dice Gottschall. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos (incluidos los sueños), pasando por los momentos del día en que encendemos la tele o leemos un libro, “las personas estamos naturalmente inclinadas a devorar historias: estas tienen la capacidad única de atrapar y de absorber nuestra atención”. Las historias no son simple escapismo: también tienen la capacidad de moldear nuestras ideas y nuestros comportamientos. Gottschall las compara a una droga capaz de alterar nuestros estados de conciencia: “Si metes a una persona en un escáner de resonancia magnética funcional (FMRI) y observas su cerebro mientras está viendo una historia, descubrirás algo interesante: su cerebro no se parece al de un espectador, sino al de un participante en acción”. Gottschall atribuye la influencia de las historias en el cerebro a la oxitocina, conocida a veces como “la hormona de la empatía”. Cita un experimento realizado por el neuroeconomista Paul Zak: tras medir el nivel de oxitocina en sangre de unos voluntarios a los que había pagado 20 dólares, les pidió que leyeran una historia bastante triste sobre un padre y su hijo, enfermo terminal. Después volvió a medir sus niveles de oxitocina y les ofreció la posibilidad de donar parte de esos 20 dólares a unos niños con la misma enfermedad que el protagonista de la historia. Los que habían experimentado un aumento mayor de oxitocina fueron los que más donaron. la verdad en tiempos de turbulencias
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