Primavera otoño 2019 (Año LXII Núms. 120-121)

horizontes@pucpr.edu Año LXII Núm. 120-121 horizontes PRIMAVERA/OTOÑO 2019 PUCPR 39 sus correligionarios modernos de Europa y las dos Américas. Báez Fumero destaca a su vez la importancia de otro elemento conformador de la temprana espiritualidad puertorriqueña: el africano, que llega a la isla con el advenimiento de la esclavitud. Estamos pues ante una literatura mestiza ab initio , que, como buena literatura hispanoamericana, a fin de cuentas, dialoga con tendencias culturales diversas en su propio seno. Pienso que esta tensión dota de un inesperado vigor a nuestras letras espirituales. Ya con el advenimiento de la imprenta a principios del siglo XIX, la poesía religiosa isleña se vierte en periódicos, revistas y libros. Las primeras voces impresas serán las de románticos como Santiago Vidarte y el más tardío José Gautier Benítez, y a estos vates se unirán las primeras poetisas femeninas de las que tenemos noticia: Lola Rodríguez de Tió y Fidela Matheu y Adrián. Ya cerca del fin de siglo habremos de escuchar los versos estremecedores de La Sataniada de Alejandro Tapia y Rivera (1878), que marcará, con su meditación sobre el mal, el estreno de una voz de valiente tesitura liberal en pleno diálogo con la literatura europea del momento. Como adelanté, nuestro convulso fin del siglo XIX atestigua no solamente el cataclismo político de un cambio de soberanía, sino el acceso pleno a transformaciones culturales que removerán los cimientos de la espiritualidad occidental. Nuevas corrientes filosófico-espirituales cuestionan la hegemonía del pensamiento católico: el positivismo, el comunismo reivindicador de la emergente clase obrera, el espiritismo científico, la espiritualidad oriental, las corrientes agnósticas y ateas, por no hablar de la novedad del recién exportado protestantismo. Todo ello en su conjunto, reflexiona el autor, "precipitará la tradición religiosa puertorriqueña dentro de la modernidad" (I, p. 27). Ya hacia la década de 1880 había llegado el movimiento modernista a Puerto Rico, con sus nuevas propuestas literarias y espirituales. Esto implica una notable novedad frente al romanticismo, aún vivo a fines de siglo, y detona entre nuestros escritores un curioso vaivén entre ambas escuelas poéticas. Esta ambivalencia literaria quedará expresada en la poesía de Luis Muñoz Rivera, Salvador Brau, José 'Momo' Mercado y aun en los impresionantes versos cientificistas del naturalista Manuel Zeno Gandía. El modernismo finalmente cobra auge en Puerto Rico en la obra poética de José de Diego, que se da la mano con el delicado exotismo orientalizante de poetas como José de Jesús Domínguez. Todo ello ocurre a la sombra de la pugna religiosa entre el catolicismo tradicional y el recién importado protestantismo, que contribuye a propiciar una poesía espiritualmente escindida. Es entonces que escuchamos el angustiado cuestionamiento existencial de poetas como José de Jesús Estévez, José P.H. Hernández y Vicente Palés Anés, progenitor de nuestro célebre Luis Palés Matos. Muchas tendencias poéticas y espirituales conviven pues en esta modernidad religiosa que vivió el país ya comenzado el siglo XX. Con todo, Báez Fumero afirma --y su dilatada antología lo respalda-- que el sustrato de la fe cristiana tiende a prevalecer en la mayoría de los poetas isleños. Salta a la vista que la espiritualidad cristiana que recién heredamos en el siglo XVI entrevera toda nuestra poesía nacional. Incluso las variantes y rupturas ocasionales nunca dejan de dialogar con la fe cristiana de nuestros mayores. Sospecho que esta fibra espiritual nos sirvió como arma de defensa colectiva contra la asimilación cultural que supuso pasar a vivir bajo el control de una nueva potencia imperial de religión y lengua tan distintas de la nuestra. Hasta aquí he venido destacando lo que los volúmenes de Báez Fumero aportan a las letras puertorriqueñas: son textos que nos tienden un espejo en el que podemos mirarnos para comprendernos mejor a nosotros mismos y calibrar la tesitura espiritual de nuestra alma colectiva. Pero el autor quiere ir más lejos en su propósito, pues hace claro, con espíritu generoso, que su estudio aspira también a "abrir un nuevo espacio de diálogo" (II. p. 29) en el que el lector podrá conversar con los poetas antologizados.

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