Actas IX Católicos y Vida Pública | Conflicto, Reconciliación y Hermandad

82 actas del ix congreso católicos y vida pública también un espacio de iluminación para identificar carencias del espíritu, oportunidades escatimadas, pero también posibilidades de vida bajo nuevos rumbos. Esto es así, porque en situaciones límite como estas aflora lo mejor de nuestra humanidad que se encuentra en la reanudación de los vínculos, en el duelo común, en la caridad cotidiana; aunque también irrumpe lo peor, fustigado por el miedo, el egoísmo y la soledad. Lo vemos en la historia de nuestro país. A mediados del siglo XIX, una epidemia de cólera asoló a Puerto Rico, desde Naguabo hasta Aguadilla, como una guadaña de muerte, segando las vidas de miles de habitantes, incluyendo a Morovis, aunque la leyenda que circula aún “la isla menos Morovis” proclama que era el único pueblo sin fallecidos. En la epidemia murieron esclavos y libres, mujeres y hombres, ancianos y niños, probando que la enfermedad no hacía distinciones biológicas, pero sí sociales. Esto, puesto que la mayoría de los contagiados y de los fallecidos eran pobres, muchos de ellos esclavos, para quienes el acceso a condiciones higiénicas y ventiladas de vivienda, buena alimentación, cuidado médico, era limitado o negado. Puerto Rico era una sociedad esclavista basada en la explotación del trabajo y de la vida de miles de seres humanos para el beneficio de una porción minoritaria, pero dominante de privilegiados. Las partidas más abultadas del presupuesto colonial eran destinadas al ejército, a la marina y a las fuerzas del orden que, las más de las veces, eran cuerpos represivos interesados más en asegurar la lealtad al gobierno que el bienestar de la Isla. Cuando la epidemia se hizo presente, no había camas ni médicos ni asistencia sanitaria suficientes. Y menos para atender a pobres y a esclavos. Fueron médicos como Ramón Emeterio Betances, José Basora y otros, junto a amigos como Segundo Ruiz Belvis, los que consagraron tiempo y esfuerzos para socorrer a los desafortunados. Todos ellos eran abolicionistas; muchos como Betances y Ruiz Belvis creían en la independencia frente a España. Todos ellos cumplieron con su deber social, sin distingos ni exclusiones. Francisco, en Fratelli tutti rememora en el capítulo 2 la parábola del buen samaritano, uno de esos relatos bíblicos que nunca pierden vigencia. Extrae de ella lo que llama “la historia que se repite”, aquella en la que alguien se pregunta ¿qué hacer con el que sufre

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