83 conflicto, reconciliación y hermandad al costado del camino? Para Betances, Ruiz Belvis y otros, la lucha por el reconocimiento de la identidad y el fin de la esclavitud eran imperativos morales que no podían ser obstáculos para cooperar con las autoridades- muchas veces a pesar de ellas mismas- en el alivio social. A los que estaban a la vera del camino por razón del cólera había que asistirlos en su recuperación o en su muerte con dignidad, aunque entraran en choque con el régimen imperante. En 1867, cuando por un breve interludio de tiempo España permitió que delegados de sus colonias supervivientes en América —Cuba y Puerto Rico— fueran a Madrid a plantear la precaria situación colonial y a solicitar reformas- los delegados puertorriqueños liberales dejaron a un lado sus perfiles ideológicos respecto a sus relaciones con España. Se convirtieron en una sola voluntad y solicitaron el fin de lo que, a su juicio, era la clave de nuestras desgracias: la esclavitud. Con voz unánime afirmaron que una sociedad esclava no solo degradaba al esclavo en su humanidad, sino a todos sus miembros e instituciones como la familia y el trabajo. Reclamaron la abolición inmediata con o sin indemnización a los propietarios. Antepusieron el bien social a las diferencias políticas y, por supuesto, a los intereses monetarios y egoístas de los dueños de esclavos. Pero tampoco aceptaron la opción de otros delegados coloniales, tanto de Puerto Rico como de Cuba, que no querían la abolición inmediata. Un imperativo moral no podía esperar en aras de un consenso político. El papa Francisco alude a la infame esclavitud al finalizar el capítulo: “me asombra que... a la Iglesia le haya llevado tanto tiempo condenar contundentemente la esclavitud y diversas formas de violencia.” Es una mancha que no sale. Y aun cuando la esclavitud en su forma más despreciable de compraventa y objetivación haya casi desaparecido de los confines de nuestro planeta, la trata de sujetos humanos es uno de los negocios más lucrativos en nuestro tiempo. Pongamos atención a esta advertencia contenida en la encíclica, válida antes, válida siempre: “El derecho a la propiedad privada solo puede ser considerado como un derecho natural secundario y derivado del principio del destino universal de los bienes creados, y esto tiene consecuencias muy concretas que deben reflejarse en el funcionamiento de la sociedad.”
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