28 actas del x congreso católicos y vida pública El uso periodístico del concepto “guerra cultural” ha generado una confusión respecto a sus orígenes y sus referentes que exige una aclaración conceptual previa a cualquier aplicación. Más allá del uso histórico referido a la Kulturkampf, o las referencias glosadoras del pensamiento de Antonio Gramsci, el sociólogo norteamericano James D. Hunter denomina “guerra de culturas” o “guerra cultural” (culture war) al tipo de enfrentamiento que se alimenta, fundamentalmente, de la sustentación de cosmovisiones ideológicas, políticas, sociales y morales diferentes y que se dirime, también básicamente, en el amplio terreno de la cultura. Precisamente Culture Wars se titulaba la obra colectiva que adoptaba y adaptaba tal concepto al análisis de la confrontación entre secularismo y catolicismo, anticlericalismo y clericalismo, en la Europa del siglo XIX. Guerra cultural no es por tanto sinónimo de propaganda política, ni de debate político. Es un concepto polisémico que tiene dos referentes normativos: el contextual, referido a la invasión de los espacios neutrales que configuran la democracia deliberativa, y el ámbito antropológico, en el que se sustancia la articulación de la comprensión y las cosmovisiones en conflicto dentro de la tardomodernidad. La percepción de que “todo es político” o de que “la política lo resuelve todo” está produciendo una invasión de los espacios neutros del sistema político y social democrático en el que prima una deliberación racional a la hora de poner en contraste las cosmovisiones. Sin duda hay que reflexionar sobre la naturaleza de esos espacios neutros en democracia. Espacios en los que se construye la conciencia, la libertad, es decir, lo referido a la identidad. La percepción del ciudadano es que existe una serie de ámbitos de la vida independientes del partidismo, una especie de viejos espacios de neutralidad. Poseer una cultura democrática implica proteger determinados ámbitos de la vida de la invasión de la política, no sé si decir partidista, es decir, haber sido capaces de trazar una línea clara y divisoria entre vida pública y vida privada, afirmación que me ha salido muy liberal. En no pocas ocasiones la “guerra cultural” surge cuando se ha roto el pacto, no pocas veces tácito, que protege esos espacios de la injerencia de los políticos. Una pregunta que nos retrotrae al concepto de lo
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