44 actas del x congreso católicos y vida pública únicamente desde su vinculación con el Padre, al que llama Abba. Jesús es el hombre absolutamente vuelto hacia Dios, pero precisamente porque está vinculado es el hombre libre. Como decía el famoso cristólogo Ch. Duquoc, Jesús es el hombre libre. Esto también lo encontramos en el imaginario teológico del propio san Pablo, cuando nos habla de la gloriosa libertad de los hijos de Dios (cf. Rom 8,21). La modernidad ilustrada ha querido encontrar la libertad en la orfandad y, por ello, ha acometido la tarea de matar al padre. Sin embargo, no se ha dado cuenta de que, matando al padre, en este caso a Dios, también nos quedábamos sin hermanos. Dice el papa Francisco en su encíclica Fratelli tutti (nº 103), refiriéndose a las proclamas de la revolución francesa, que se ha hablado mucho de libertad y de igualdad, pero se ha olvidado la fraternidad. Solo esta es la condición de posibilidad para las otras dos, precisamente porque la fraternidad es un concepto relacional. la libertad es alteridad Se es libre “con” y “junto” al otro, pero también se es libre “ante” el otro y “frente” al otro. Esto es la alteridad: la condición de ser otro distinto y, por lo tanto, no manipulable o asimilable a mismidad. El siglo XX ha sido testigo elocuente de esa tendencia a exorcizar la diferencia de parte de los distintos sujetos absolutos a los que antes hacía referencia. Aquí es obligado hablar de un testigo de excepción, un filósofo magnífico del siglo pasado: E. Levinas. De tradición judía, bebiendo de la savia del árbol de Israel, el filósofo lituano reivindica esta alteridad frente a las dinámicas identitarias de los sujetos absolutos, generando así una maravillosa filosofía del rostro. Levinas subraya que en el rostro de cada ser humano hay una huella de infinito que no se deja asimilar, ni manipular, ni reducir. Esto lo encontramos sobre todo en su obra Totalidad e infinito. En el rostro de cada ser humano hay una traza de eternidad porque no ha habido dos rostros iguales que hayan brillado en el resplandor de la historia. El infinito, que vivo y eficaz brilla en el rostro de cada ser humano, es un freno a la pretensión de poder. Ese infinito, que resplandece en el rostro del otro, contiene implícitamente un mandato inscrito: ¡no matarás! Pero el rostro no solamente funciona como límite para Levinas, sino que funciona también como interpelación, porque únicamente en el rostro del otro encuentro la llamada a salir de mí mismo y a romper
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