Actas XI Católicos y Vida Pública | La propuesta cristiana ante los desafíos de un mundo en cambio

130 actas del xi congreso católicos y vida pública Sin embargo, el bien común es un término poco entendido y, con frecuencia, menospreciado. De hecho, existe una corriente de pensamiento que cree que el bien común no existe, que solamente hay bienes individuales o de grupo. Para quienes piensan así, cada persona o conjunto de personas tiene sus propios intereses que son, con frecuencia, opuestos a los de otras personas o grupos. Por ello opinan que aspirar al bien común es inútil porque este es inalcanzable y una entelequia. Lo único que podemos hacer es articular un sistema de competición en el que todos busquen sus propios intereses y al final se logre una posición que, dependiendo de los resultados de la negociación, estará más cerca de los intereses de unas personas o grupos que de los otros. Otros piensan que el bien común es la suma de los bienes de todos los individuos, es decir, que es un bien agregado resultado de una operación matemática. En este caso la concepción del bien también es individual como en la anterior. Lo común resulta de la suma o agregación de los bienes individuales. Cuanta más gente está bien, cuantas más personas incrementan su bienestar, o cuanto más incrementan su bien unos cuantos, mayor es el bien común de una sociedad. Como veremos más adelante, esta es la idea predominante en la sociedad economicista en la que vivimos. Por último están aquellas concepciones que opinan que el bien común es el determinado por un grupo de personas que dirigen una sociedad. Cuando sucede esto se suele poner este “pseudo-bien común” como el objetivo final de toda la sociedad. Se le da una categoría casi divina y se pone a las personas a su servicio. Todos deben sacrificarse y subordinarse a su consecución. En lugar de mejorar a quienes viven en esa comunidad, son estos quienes tienen que ponerse al servicio de aquello que deciden sus gobernantes. Esta concepción corporativista del bien común tiene el problema de anular a las personas y a exigir que toda su potencialidad se subordine a lo que se considera superior y que es marcado así por sus gobernantes. Los totalitarismos de distintas tendencias coinciden siempre en esta concepción del bien común que pone por detrás a las personas y por delante los intereses del Estado.

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