29 la propuesta cristiana ante los desafíos de un mundo en cambio En este contexto de camino, otro de los retos que plantea el papa Francisco, que tiene que ver con la esperanza es la confrontación de la proclamación de la esperanza con la identificación de religión con violencia. La violencia personal y social es el mayor aliado de la desesperanza. Donde hay violencia, no hay esperanza, por más que los movimientos revolucionarios, nacidos de la modernidad, consideraran que la violencia es necesaria como tránsito hacia estados superiores de sociedad o de conciencia. De hecho, si relacionamos la violencia con el dato de la corrupción original de lo humano, lo que teológicamente se denomina el “pecado original”, nos encontramos con una realidad hoy en demasía inadvertida. Se podría decir que la sombra del 11 de septiembre de 2001 es aún alargada. Aquella fecha supuso un antes y un después para la relación entre religión y política. No fueron pocos los intelectuales que se esforzaron en hacernos creer que las religiones eran semillas de violencia. Defenderse del terrorismo exigía acabar con la presencia de lo sagrado en la historia. Nada originales, por otra parte, si nos atenemos a la cultura de occidente. Para responder a esa corriente, Juan Pablo II organizó también la Jornada de Oración por la paz en el mundo de Asís. Con el mismo espíritu el papa Francisco habló en el VII Congreso de Líderes de Religiones Mundiales y Tradicionales, en Kazajistán en septiembre de 2022. Y lo ha hecho como el líder de los líderes. Sus discursos sirven para elaborar una adecuada respuesta a quienes piensan que las creencias son un factor de conflicto, amparo de las más variadas especies de fundamentalismos, incluso de nacionalismos alimentados de sacralidad. Como recordó Francisco, [...]el extremismo, el radicalismo, el terrorismo y cualquier otra incitación al odio, a la hostilidad, a la violencia y a la guerra, cualquier motivación u objetivo que se propongan, no tienen relación alguna con el auténtico espíritu religioso y han de ser rechazados con la más resuelta determinación; han de ser condenados, sin condiciones y sin “peros”. El papa ha insistido en una forma de abordar las relaciones entre política y religión desde “[...]una sana coexistencia que conserve los ámbitos diferenciados. Distinción, no confusión ni separación”. Y ha planteado una triple negativa. Un “No” a la religión que cae en la tentación de convertirse en un poder y que acaba confundiendo el amor al prójimo con elecciones partidistas. Un “No” a la política que pretenda un cambio de época, no una época de cambios...
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