Místicos y contemplativos al servicio de la vida pública Dra. Luce López-Baralt catedrática de Estudios Hispánicos Universidad de Puerto Rico, recinto de Rio Piedras En el contexto del presente Congreso sobre Católicos y Vida Pública, me ha parecido oportuno explorar cómo los místicos y los contemplativos encaran la vida en común después de sus experiencias trascendentes. La vivencia mística no es un fenómeno aislante de la vida social, sino todo lo contrario, ya que convoca al contemplativo a velar por su hermano lastimado en un esfuerzo por traer a este plano físico el Amor infinito que experimentó en su encuentro con Dios. Conviene recordar en qué consiste la experiencia mística. Es imposible de poner en palabras, ya que el instante supremo en que el ser humano percibe la unidad participante con el Amor infinito trasciende las coordenadas de la razón, de los sentidos, del lenguaje y del espacio-tiempo. Henri Bergson consideró que este trance suprarracional implicaba un salto evolutivo para el ser humano: la cúspide de las posibilidades del ser. Vale insistir, sin embargo, en que este don infinito que Dios regala de manera gratuita —no necesariamente por merecimientos espirituales— no aísla al místico, sino que lo conecta aún más con el mundo. Y esto es así porque el místico auténtico es, por lo general, una persona fundamentalmente equilibrada y con los pies en la tierra. Ha experimentado la vivencia del Todo al margen de cualquier descompensación mental o del uso de drogas. El psicólogo Henri Delacroix observa que, a medida que se avanza en los estadios de la
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