Actas XII Católicos y Vida Pública |Organizar la esperanza para la comunión, la participación y la misión

108 actas del xii congreso católicos y vida pública vida contemplativa, no se produce un empobrecimiento de la vida psíquica, como en las disociaciones psicóticas, sino al contrario, se da un enriquecimiento cada vez mayor. El místico experimenta un grado notable de autoestima y carece de la amargura y del resentimiento o de la calma resignada que percibimos en los psicóticos. En los estados místicos no encontramos los trastornos de pensamiento y lenguaje presentes en la demencia: la calidad de las relaciones personales de los místicos con su entorno y el funcionamiento razonable que manifiestan en otras áreas de su vida los distingue de los casos patológicos. La vivencia de la unión con Dios, por inconcebiblemente hermosa y revelatoria que sea, no se basta a sí misma. Es de esperar que tenga consecuencias tangibles en la vida de la persona: si se vive bien, no se vive en vano, ya que conlleva implícitas lecciones fecundas para la persona que la experimenta y la asume de veras. Advierte oportunamente James Morris que si el éxtasis místico se considera aisladamente y como un fin en sí mismo, podría incluso constituir un peligro: un ídolo inconsciente. La teóloga Dorothee Sölle observa a su vez que la inefabilidad a secas no es suficiente para garantizar una experiencia mística auténtica, y reclama que esta nunca debe contradecir la ética. Hago mías estas advertencias cautelares. Pocos místicos insisten tanto en ello como santa Teresa de Jesús cuando asegura que de nada sirven las iluminaciones extáticas ni las visiones si no fructifican en obras tangibles. “[...] de esto sirve el matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras” (Moradas VII, 4, 6). Casi podemos escuchar el tono con el que la Madre Reformadora alecciona a sus hijas espirituales: hay mucho de urgencia apremiante en su rotundo énfasis, que la hace duplicar la voz “obras”. Hasta el filósofo pragmático William James, muchos siglos más tarde, le daría la razón. Para poder calibrar la credibilidad de los místicos, basta aplicar la regla de oro: “por sus obras los conoceréis”. De ahí la insistencia de la santa en el maridaje simbólico de Marta y María —la contemplación y la acción—, y su discreta privilegiación de la primera: “santa era santa Marta, aunque no dicen era contemplativa. Pues ¿qué más queréis que poder llegar a ser como esta bienaventurada? (Camino 17, 5). Es que el éxtasis, por impactante que sea, no se basta a sí mismo. Simplemente nos pone en camino.

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