Actas XII Católicos y Vida Pública |Organizar la esperanza para la comunión, la participación y la misión

128 actas del xii congreso católicos y vida pública padre nos recuerda que la esperanza es combativa con la tenacidad de quienes van hacia un destino seguro, por eso tiene que ser organizada, es decir, planificada, liderada y moderada en todas sus dimensiones. Esa esperanza organizada requiere de un nuevo liderato basado en el servicio, en la donación, en el encuentro. Frente a un mundo que vive en volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad, hace falta dar certeza y sentido a la existencia. Quien quiera ejercer ese liderato debe sentirse llamado, en misión, buscando transformar desde el amor, desde la reflexión interior y la escucha, asumiendo con valentía los retos del momento. Reconocer que el verdadero líder es el que es capaz de sacar lo mejor de los demás y poner en común las destrezas y capacidades de todos al servicio de las metas colectivas. Ese liderato debe asumir además las características de la sinodalidad, escucha atenta, discernimiento, corresponsabilidad y participación, haciendo de todos sujetos activos, partícipes, no meros destinatarios, constructores todos del bien común, garantía de nuestra dignidad y medida de los factores que animan y construyen la esperanza. En la misma medida en que la sinodalidad auténtica elimina las distancias y produce comunidad, un liderato con esas características debe promover mayor integración y mejores resultados. Con el papa reafirmamos el rol de las universidades católicas en esa misión de organizar la esperanza y generar ese nuevo liderato. En relación directa con los jóvenes que se levantan y que son constructores de ese futuro, la Universidad tiene que ser espacio dinamizador de esos procesos. En la conjunción de fe y ciencia contextualizada a la realidad, tiene que haber espacio para la formación y la acción para encauzar la esperanza y evangelizar en el proceso. Para eso es necesario aplicar la metodología de la mente, el corazón y las manos que Francisco nos propone. Pensar lo que se quiere y se hace, amar lo que se piensa y se hace, hacer lo que se piensa y se ama. Esto es posible si la educación se fundamenta en la práctica y la experiencia, en tocar las realidades humanas más básicas, sobre todo aquellas que producen marginalidad y descarte. Desde allí, desde el sentir con el otro y con las comunidades se puede entender mejor y querer mejor el proyecto profesional y vocacional de cada uno y dar sentido a las consecuencias prácticas y sociales de lo que van a realizar una vez salgan de la Universidad. Reconocemos que una de las áreas de mayor reto para la esperanza proviene de las crisis medioambientales, de las circunstancias provocadas por el cambio climático y la degradación de

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