129 la propuesta cristiana ante los desafíos de un mundo en cambio la tierra, nuestra casa común. El proceso de degradación ambiental es a su vez un proceso de degradación de las condiciones de vida y degradación de los valores. Por eso es necesario un compromiso con la ecología integral que propone la dignidad del ser humano en el centro y la atención a sus necesidades básicas más apremiantes. Reconocemos la necesidad de desarrollar y educar en nuevas prácticas de producción y consumo que eviten el extractivismo, el consumo desmedido y el descarte, tanto de bienes naturales como de los medios de producción, pero sobre todo de la persona. Como nos dice el papa Francisco, solo con opciones, gestos y acciones concretas de atención, justicia, solidaridad y cuidado de la casa común, se podrá aliviar el sufrimiento de los pobres y se podrá convertir la economía del descarte que los obliga a vivir en la marginalidad. Reiteramos así la misión universitaria de entrar en relación con los agentes sociales para asumir un compromiso comunitario en su propio entorno y de poner al servicio de todos, incluso los aspectos doctrinales, morales e ideológicos que conforman su propia identidad, no desde el proselitismo, sino desde la propuesta para enriquecer el pluralismo cultural en que vivimos. Hay que asumir la responsabilidad de ser verdaderas comunidades, comunidades integradas de estudiantes, profesores, empleados que viven su vocación de docencia, investigación y servicio, conscientes de la búsqueda en común de la verdad, viviendo relaciones de caridad y solidaridad fraternas. Las universidades, herederas de la tradición intelectual católica que se vienen gestando desde los padres de la Iglesia hasta nuestros días, tienen que ser lugar de encuentro en sí mismas y entre sí mismas, y entre las propias universidades. Las católicas tenemos que contribuir a la recuperación de ese interés, primero por la verdad y el sentido de la verdad, comenzando por la del ser humano y su trascendencia para que sea posible hablar realmente de libertad, justicia y dignidad humanas y, por tanto, de esperanza. Para lograr ese espíritu sinodal comunitario que dé paso a la esperanza, cada uno de nosotros tiene que recuperar la suya propia. Volver al sentido mismo de la conciencia de la propia salvación y del encuentro definitivo con el señor, en contraste con las dolorosas contradicciones de la vida humana. Es, como nos recuerda papa Francisco, la fuente misma de la esperanza cristiana. La esperanza que nace del Evangelio no es esperar pasivamente a que las cosas mejoren declaración conclusiva del xii congreso católicos y vida pública
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