120 pontificia universidad católica de puerto rico Se sugiere que la Iglesia renueve sus formas de acompañamiento pastoral, reconociendo que muchos fieles ya no se vinculan con la estructura eclesial tradicional, pero sí conservan una búsqueda de Dios viva y sincera. Como bien reitera esta investigación, “la religión no desaparece, sino que se transforma”. Se concluye que esta transformación ha de ser leída con los lentes del Concilio Vaticano II, que invita a la Iglesia a escrutar los signos de los tiempos y a renovarse en fidelidad creativa (GS, 4). Se recomienda fortalecer los procesos de formación teológica y pastoral, no solo en el clero diocesano, sino en todos los agentes de pastoral. No basta con repetir fórmulas aprendidas, se necesita una creatividad misionera (EG, 129). Además, la Iglesia debe cultivar una presencia significativa en el mundo digital. El contexto descrito como “era del tecnoceno” exige una evangelización encarnada en los lenguajes, dinámicas y desafíos de la cultura tecnológica. No se trata simplemente de tener presencia en redes sociales, sino de generar verdaderos espacios de encuentro, diálogo, formación y anuncio del evangelio en los entornos digitales. Asimismo, este estudio propone como forma de trabajo y acompañamiento la escucha activa, que tenga en cuenta los relatos de vida, los testimonios de fe y las experiencias espirituales de las personas como parte del reconocimiento de la acción del Espíritu en medio del pueblo. La Iglesia está llamada a convertirse en una Iglesia que escucha y camina con su pueblo, como lo propuso el Sínodo sobre la Sinodalidad. También, en contextos marcados por el sufrimiento y la precariedad, se plantea una pastoral de la ternura, el consuelo, la cercanía y la misericordia. Como subraya la investigación, fenómenos como el huracán María, los terremotos y la pandemia reconfiguraron profundamente la espiritualidad de los puertorriqueños. En este contexto, la Iglesia está llamada a ser signo de esperanza, de comunión fraterna y de reconstrucción humana y espiritual. Finalmente, se exhorta a la Iglesia a no temer los cambios, sino a vivirlos como oportunidades para redescubrir el núcleo de la fe: el encuentro con Cristo vivo. Similarmente, como se mencionó en este trabajo, la vivencia de la fe no ha muerto; ha encontrado otros caminos
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