86 actas del ix congreso católicos y vida pública por el salvamento de su hijo cuando la nave en la que viajaba siendo adolescente encontró una tormenta y cayó a las aguas cerca de Bilbao. Es la única representación que tenemos del rostro de Power que quedó para siempre inmortalizado con la cara de un niño salvado en lo que se consideró por sus padres y el pueblo de San Juan, un milagro. Mucho de milagrosa tuvo también la victoria ante las fuerzas invasoras inglesas al que aludí anteriormente. La inspiradora escultura de Lindsay Daen, que se encuentra en la parte de atrás del palacio de Santa Catalina en el San Juan antiguo, se titula “La Rogativa” y representa ese momento en que las mujeres que habían soportado por cerca de dos semanas el bombardeo inglés salen en oración pública junto al obispo Zengotita. Por su parte, Campeche mismo, posiblemente ubicado en la azotea de la iglesia de San José, pintó uno de los bombardeos inclementes también en la forma de un exvoto. Cuando Campeche hizo la ofrenda pictórica por el salvamento de Power no tenía forma de saber lo que el destino le deparaba al adolescente. En 1809, Ramón Power salió electo diputado a la Junta de Sevilla, cargo que no pudo asumir hasta que una segunda votación el próximo año lo eligió nuevamente cuando las cortes ya estaban acorraladas en el último reducto español de la isla de San Fernando cerca de Cádiz. Ciertamente, la elección de Power no fue el resultado de una votación masiva, concepto que era ajeno a la época y a la tradición española, pero su impacto y valoración rebasó los límites del escaso número de electores, propietarios blancos. El solemne juramento de Power realizado en la catedral ante el obispo Arizmendi no fue pintado por Campeche, quien murió en 1809, pero ha sido recogido por documentación eclesiástica y reconstrucciones historiográficas. La narrativa que hoy perdura habla de que el anillo episcopal pasa en prenda del mitrado al diputado electo. También, que Arizmendi lo exhorta a que defienda los derechos de Puerto Rico como él, Arizmendi, defiende como pastor a sus ovejas. Es un momento complicado donde se mezclan un emergente sentido de identidad regional, una incipiente conciencia de sí, con una responsabilidad tanto eclesial como cívica por aquellos hombres y mujeres que constituyen un pueblo difuso, desconectado entre sí, un lugar que pocos conocían como una unidad por la falta de caminos y comunicaciones. Arturo Dávila, el siempre recordado historiador del
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