87 conflicto, reconciliación y hermandad arte puertorriqueño, investigó ese momento preciado donde identidad y caridad se vinculan de manera entrañable e incluso escribió sobre un misterioso anillo que Power, empobrecido y enfermo de fiebre amarilla, legara a una pariente en su lecho de muerte en 1813. ¿Sería el anillo del obispo, sería aquel que sellaba, a manera de un compromiso sagrado, el destino de Power? Lo que sí sabemos es que en las cortes de Cádiz, Power, que alcanzó a ser vicepresidente de aquel cuerpo constituyente, fue mucho más allá de lo esperado de un diputado de una colonia pequeña y aislada. Defendió, no solo el derecho de los súbditos de Puerto Rico a ser oídos y de ser tratados con equidad, sino el de toda la patria americana en un célebre discurso en 1811; sorprendió con un reclamo de que España pusiera fin a la trata esclavista e incluso el fin de la esclavitud misma; abogó por la eliminación de los impuestos arbitrarios; habló de los puertorriqueños como sujetos de derecho y que no debían ser objeto de un mando despótico. El que lea sus intervenciones no encontrará allí solo argumentos legales, sino la energía patriótica que proviene de pensar, sobre todo, en el bien común. No lo digo yo, lo reclaman sus palabras y una vida consumida en poco tiempo. Los restos de Power permanecieron en tierras españolas un siglo. Luego de un proceso laborioso de identificación, fueron trasladados a Puerto Rico en 2013 y enterrados en la catedral de San Juan. El tercer personaje, Juan Alejo de Arizmendi, moriría al año siguiente. Uno de sus biógrafos distinguidos, fray Mario Rodríguez de León, habla de un desplazamiento político del obispo hacia ideas más cercanas a la independencia y de sus esfuerzos por vincular el proyecto puertorriqueño de mayores libertades a los desarrollos que tuvieron lugar en Venezuela y otros lugares de la América Hispana y que desembocarían, en la próxima década, en el fin del imperio español en el Nuevo Mundo excepto por Puerto Rico y Cuba. Su visita pastoral, tras la cual murió, unció la caridad social con la identidad emergente. Era Puerto Rico más que un sitio donde soplaba una brisa agradable, como había comentado un obispo antecesor suyo en el siglo XVII. La articulación y apropiación de una identidad diferenciada generó en los próximos años una literatura que tiene como eje temático la afirmación de lo puertorriqueño desde sus paisajes, costumbres, desde sus formas populares de vivir, pensar y fiestar. Sus primeros escritores
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