125 la propuesta cristiana ante los desafíos de un mundo en cambio la educación católica: entre la tradición y la innovación la de las humanidades y la de las ciencias. Ahora, en el paradigma de una ecología integral de los saberes, hay que salvar esta brecha. Para ello es necesario volver a codificar los términos “investigación” y “conocimiento”, que, como se argumenta en el Informe Nurse (Paul Nurse - 2015), deben entenderse en su estrecha relación con la raíz latina de la palabra ciencia, scientia, que designa una amplia forma de producción de conocimiento que incluye todas las disciplinas académicas, desde la medicina a la sociología, desde el análisis literario a la química, desde las matemáticas a la teología. Del mismo modo, la pequeña gran cuestión de la utilidad en la ciencia ha servido con el tiempo para dar cuerpo trágicamente a una mentalidad tecnocrática, positivista y árida que se refleja en las políticas científicas, las opciones de financiación y las decisiones institucionales. Lo útil es lo que emplea, lo útil es lo que impulsa el acceso a una financiación ambiciosa. Lo útil no es lo bueno, en singular, sino lo que hace más eficiente. Y esta no es una discusión reciente. Presidente de la Universidad de Chicago durante 22 años, el pedagogo Robert Maynard Hutchins escribió en The University of Utopia 1953) que “[...]el objetivo del sistema educativo en su conjunto no es producir brazos para la industria ni enseñar a los jóvenes a ganarse la vida. Es crear ciudadanos responsables”. Sin descuidar la responsabilidad de la universidad hacia la formación profesional, sin descuidar la necesaria sostenibilidad de las instituciones, la utilidad funcional no puede ser la narrativa de la misión de la universidad. Por definición, abrimos horizontes, debemos ser más que nuestras circunstancias. La historia de Ernest Shackleton, explorador polar que dirigió tres expediciones a la Antártida, es quizá ejemplo de esta visión de la universidad como proyecto y potencialidad. Mal preparada, su tercera expedición, la “Expedición Imperial Transantártica” de 1914 no estaba a la altura de los retos que iba a afrontar. La guarnición/el equipo de exploración del barco no sabía esquiar, los perros, comprados en Canadá, no estaban preparados para tirar de trineos, pero a pesar de los contratiempos, el equipo estaba unido en su deseo de explorar el continente desconocido y avanzar en el conocimiento. Cuando el buque Endurance quedó atrapado por el hielo, fue necesario desembarcar para obtener ayuda. Así que un pequeño grupo partió, dejando al resto de los náufragos a su merced, esperando durante meses, que se
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