136 actas del xi congreso católicos y vida pública Esta idea de prosperidad como posibilidad de incrementar lo que tenemos sin fin, proviene de otra de las creencias del economicismo: que nuestras necesidades son siempre crecientes, es decir, que en la medida que evolucionamos necesitamos más bienes, servicios y experiencias para tener una vida buena. Esto produce una sensación de que nunca tenemos lo suficiente y de que nuestras necesidades y deseos son infinitos. Si siempre estamos necesitando más y más, nunca nos encontramos satisfechos porque siempre precisamos de una cuantía superior de ingresos para poder satisfacer nuestros deseos siempre crecientes. Esto se traduce de manera colectiva en que las sociedades deben subordinarlo todo a lograr un crecimiento económico continuado. Este es el comportamiento racional de la sociedad, de cada país, de las localidades, del mundo. Pero esto también tiene una traducción en los objetivos personales y de las empresas. El economicismo nos dice que las personas tienen que intentar incrementar cada día más su bienestar a través de lograr un mayor acceso a bienes, servicios y experiencias. Este es el comportamiento que se ve racional y que parece como el normal. En cuanto a las empresas, su objetivo principal tiene que ser la maximización de beneficios para sus propietarios y todo en ellas tiene que subordinarse a ello. Por eso se considera que las empresas existen para que sus propietarios logren unos elevados beneficios. Ese es el verdadero objetivo de su actuación. El último elemento esencial del economicismo es que considera al mercado como una estructura ideal con unas leyes inexorables que se cumplen siempre, a las que debemos ajustarnos para ser capaces de alcanzar la prosperidad anhelada. La cuestión clave que tenemos que analizar es si este paradigma economicista y lo que conlleva ajusta con la idea cristiana de bien común para saber si nos encontramos ante un sistema económico que está construyendo el reinado de Dios que todo cristiano desea para nuestra sociedad o, si por el contrario, estamos impidiendo su construcción. Para profundizar en esta idea voy a exponer tres criterios derivados de la definición cristiana de bien común que nos servirán para saber si este paradigma está realmente logrando esas condiciones que permiten a cualquiera desarrollarse plenamente como persona.
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