111 la propuesta cristiana ante los desafíos de un mundo en cambio decir, reconciliado— que celebra la vida del espíritu desde la santa materia, como propone Teilhard de Chardin. El alma iluminada tiende al universo creado una comprensión cabal, sin que ello implique ataduras innecesarias a lo material. Un vínculo sagrado o continuum interrelaciona lo creado con lo increado, por hacerme eco de la propuesta cosmoteándrica de Raimon Pannikar, tan consoladora y tan hermanada con lo que he venido argumentando aquí. En este punto del camino que doy en llamar la morada de la reconciliación, y que considero cónsono con la morada del matrimonio espiritual de la que nos habla santa Teresa de Jesús, todo culmina integrado, asumido, transfigurado. “Nada se margina o se considera irredimible; el cuerpo […] incluido”: aunque la reflexión es de Raimon Panikkar, los versos gozosos de san Juan de la Cruz se adelantan a su visión armonizada del universo. El místico que ha asumido a fondo el don unitivo recibido lo sabe bien. Advierto enseguida, otra vez de la mano del místico catalán, que este mysterium coniunctionis de las distintas esferas de lo real no significa fusión ni confusión, ni tiene por qué ser panteísmo ni monismo de ninguna clase. La realidad última es armonía y relación constitutiva entre todo. La inmanencia de lo divinal en lo creado es, una vez más, sinónimo de reconciliación, porque es de esta manera que el alma extática percibe el universo redimido cuando lo abraza después de asumir de lleno la experiencia mística. El universo está lleno de Dios cuando se lo sabe estrechar con sabiduría regocijada. En esta morada se atestigua un ascenso constante de las energías del alma, un abrazo conciliatorio y totalizador que florece en toda su plenitud. A partir de este momento el místico penetra el mundo fenoménico con reverencia y con un talante compasivo y redentor. Todo se reorienta a fines más altos: abraza la belleza creada pero sin quemarse en ella, porque la trasciende. La maravilla es que el contemplativo lo hace sabiamente, sin negarla. Todo queda unificado en la sagrada alquimia del Amor, porque el iluminado comprende al fin, gracias a la unificación de la conciencia, que el universo está lleno de Dios. Ahora sabe, con un conocimiento que ya no admite duda posible, que Dios es pura unidad, que constituye la esencia ontológica última de cada ser humano, el Uno sin dos, el Absoluto al que tienden todas las energías cambiantes del universo. Al comulgar con el universo transformamos sus energías en un abrazo unitario y homologador. místicos y contemplativos al servicio de la vida pública
RkJQdWJsaXNoZXIy NzUzNTA=