Actas XII Católicos y Vida Pública |Organizar la esperanza para la comunión, la participación y la misión

112 actas del xii congreso católicos y vida pública El místico ha quedado inserto en una morada espiritual elevada y no en un estado transitorio. En esta boda simbólica interior, que santa Teresa llama “matrimonio espiritual” y Ramiro Calle “matrimonio interno”, lo fenoménico, insisto, se armoniza al fin con el mundo trascendente. A la luz de esta armonización podemos comprender mejor una anécdota atribuida a san Bernardo: un día lo criticaron por cabalgar una mula lujosamente enjaezada, y él admitió con candor que no había advertido el lujo de su montura. Había adquirido la capacidad para navegar entre las cosas sin sentirse atado a ellas, trascendiéndolas. También está el caso de dos monjes zen que llegan a la orilla de un río. Una joven quiere cruzarlo, pero no puede por lo ampuloso de la corriente; entonces uno de los monjes la sube sobre sus hombros y la pasa a la otra orilla. Pasado el incidente, los religiosos siguen su camino, pero uno le reprocha al otro que haber ayudado así a la joven iba en contra de su celibato. Contesta el aludido: “Yo he dejado a la joven en la orilla, pero tú todavía la llevas en los hombros”. Como san Bernardo, el monje zen era un auténtico desposeído, pues bogaba con comodidad en el mar de lo creado sin sentirse atrapado por él. No hay que eliminar las cosas, sino el apego excesivo o malsano a las cosas. Pero incluso hay más: el alma descubre, en esta particular morada nupcial que vengo comentando, que la belleza creada puede, en lugar de atar a la persona, llevarla a vivir niveles más altos de conciencia. Es que ya todo es redimible, todo es capaz de aleccionar al contemplativo, incluso de ayudarlo a crecer espiritualmente. De esta actitud espiritual jamás debe desprenderse que sea lícito llevar una vida licenciosa y sin riendas éticas; de lo que se trata es de asumir con equilibrio y gratitud la felicidad y las oportunidades vitales hermosas que Dios pueda dar. Ya estos dones no tienen por qué distraer, ni hacer daño, ni sumir al alma en dicotomías espirituales innecesarias. Por más, toca aquí estar siempre preparados para devolverle a Dios sus regalos con la misma alegría con que los supimos disfrutar mientras fueron temporalmente nuestros. El contemplativo sabe bien que los tiene de prestado, y por ello mismo es imposible atarse a ellos en demasía. El mismísimo san Juan, tan cauteloso con los apegos a lo creado, matizó sus enseñanzas en torno a la renuncia en la Subida del Monte Carmelo (I, 11,2). Dice allí que estos apetitos “bien los puede tener el

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