113 la propuesta cristiana ante los desafíos de un mundo en cambio natural, y estar el alma, según el espíritu racional, muy libre de ellos “[...] y éstos no impiden de manera que no se pueda llegar a la divina unión”. Mortificar del todo los apetitos en esta vida es imposible”, admite el santo. San Juan insiste, con un sentido de libertad propio de nuestro siglo XXI, que cada alma es única y requiere un consejo y una guía espiritual cortada a su medida: Dios “[...] lleva al alma por diferentes caminos, que apenas se hallará un espíritu que en la mitad del modo que lleva convenga con el modo del otro” (Llama 3, 59). Su hija espiritual, santa Teresa, tercia la misma idea: “El Señor, como conoce a todos para lo que son, da a cada uno su oficio, el que más conviene a su alma y al mismo Señor y al bien de los prójimos” (Camino XVIII, 3). Cuánta razón llevan los reformadores del Carmelo en su enorme apertura espiritual, que tan moderna suena. San Juan se indigna de tal manera con los directores espirituales poco diestros que desatienden la obligada flexibilidad con la que es preciso dirigir un alma, que de súbito los tutea para reprenderlos mejor, como si los tuviera delante. Considera que su magisterio está regido por una “pestífera manera” y les echa en cara duramente sus errores (Llama 3, 62). Pocas veces el santo se ha mostrado tan severo: es obvio que conocía de cerca los errores que, por ignorancia o por conveniencia egoísta, cometían sus compañeros directores de almas. Santa Teresa lamenta a su vez el haber sido dirigida inadecuadamente por confesores inexpertos, y advierte “la gran necesidad de maestro y trato con personas espirituales” (Vida XX, 17) que tienen las personas iniciadas. Un buen director de almas sabría perfectamente que una de las más grandes lecciones espirituales que el místico va asumiendo en estas séptimas moradas reconciliatorias la constituye la obligación de relacionarse con los demás en amor. Todos somos hermanos, y el contemplativo ama instintivamente, ya sin juzgar los méritos de sus hermanos: lo que pudiera parecer maldad u odio se debe a que los seres humanos estamos en distintos momentos de crecimiento o evolución espiritual. Imposible pues no amar a todas y cada una de las almas hermanas que van de camino, aunque no lo sepan: quien ha rozado de cerca el Amor total de Dios es imposible que no siga viviendo siquiera los destellos de ese Amor en este plano de existencia. Otra cosa sería impensable, pues en esta etapa el alma sabe por experiencia que místicos y contemplativos al servicio de la vida pública
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