Actas XII Católicos y Vida Pública |Organizar la esperanza para la comunión, la participación y la misión

114 actas del xii congreso católicos y vida pública todos estamos unidos en el seno misericordioso de la Esencia divina y, por lo tanto, ya no es que el místico sienta que tiene que “perdonar” a sus “enemigos”, es decir, a quienes lo hieren innecesariamente: es que todo ya lo tienen perdonado de antemano. Eso no significa que condone sus actos de desamor, de odio o violencia, es que ahora es capaz de perdonarlos muy hondamente, y es capaz también de intentar reenrutarlos hacia el Amor. Si así lo consienten las personas involucradas, que esto no siempre está en las manos del iniciado, ya que todos tenemos libre albedrío. Esto no es un acto heroico consciente en el que se logra vencer a sí mismo por razones éticas para entonces tender una mano condescendiente a los demás, superando su posible desagrado: no, es que esta camaradería amorosa fraterna fluya instintivamente del alma con un amor irrestañable. Se trata de un nuevo estado, y es felicísimo para el místico. En esta nueva morada el alma iluminada comprende muy desde dentro que casi siempre los actos de crueldad, de odio o de traición de las personas no son otra cosa que un grito pidiendo amor. Puede sonar extraño, pero incluso si alguien inflige daño, al margen de que pueda sentir la esperable incomodidad emocional por el agravio recibido, el místico suele derretirse de amor por esa persona. Ya puede comprender que la agresividad y la violencia suelen ser gritos desvalidos de auxilio pidiendo reconocimiento y compasión. Estamos ante síntomas trágicos que apuntan a que estos seres tienen un black hole vertiginoso donde debería estar el amor. La extrema vulnerabilidad, el miedo y la baja estima propia emocional hace a las personas crueles, aunque no lo sepan. Importa pues ponerse en los zapatos de los demás para comprender más de cerca sus motivaciones ocultas. Este abrazo humano al prójimo no implica condonar conductas malvadas o patológicas, ni dejar de indignarse por la crueldad humana, ni evadir la obligación de denunciar lo injusto, ni tampoco aceptar relaciones tóxicas dañinas. Perdonar no es permitir los crímenes de los demás. Es simplemente comprender con compasión el error, por grande que pueda ser, pues Dios sabe de las tribulaciones de cada alma y el porqué recóndito de sus actos. El desamor detona conductas aberrantes, pero todos somos hermanos, y violar esta ley espiritual fraterna se le antoja impensable al místico que se encuentra en esta morada reconciliatoria. La tesitura de la relación con los demás seres cambia radicalmente

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