115 lmaí sptri oc op us eysct oa nctrei smtpi al antai va on st ea l os es rdvei scai of í do es ldae vuind am puúnbdloi cean c a m b i o después de una experiencia unitiva con el Amor último, y la compasión es la consecuencia inmediata de esta mirada renovada que se le da a la vida después de la iluminación. Aclaro que esta secreta bienvenida a la generosidad fraterna se suele hacer desde el propio nicho vital de cada cual. A menudo ocurre en el ámbito modesto donde al místico le haya tocado vivir. Pero no hay espacio social, cultural, laico o religioso, por humilde que sea, que no reclame luz y necesite amor. ¿Y cómo dialogan los contemplativos con su entorno público tras asumir la experiencia del éxtasis? Algunos místicos, quizá los más extraordinarios, que acaso sean los menos— registran cambios dramáticos en sus vidas: reforman o fundan órdenes religiosas (como hicieron san Bernardo, san Benito, san Ignacio, santa Teresa y san Juan); ayudan heroicamente a mejorar la vida de los menesterosos con un sentido de cáritas extremo (ahí están san Francisco de Asís y santa Teresa de Calcuta); intentan redimir instituciones o países política y socialmente torturados (tal Thomas Merton, Ernesto Cardenal, Catalina de Siena y Dag Hammarskjöld); incluso colaboran en la fundación de naciones (santa Juana de Arco); o bien se convierten en maestros universales (como Sri Shinmoy, Paramahansa Yogananda y Seyyed Hossein Nasr). Otros místicos cantan lo sucedido, en verso o en imágenes pictóricas, como santa Hildegarda y la islamóloga y poeta Annemarie Schimmel. Aun otros, en cambio, intentan vivir con más plenitud, conocimiento de causa y responsabilidad su propia vida cotidiana, que dejan inalterada —o aparentemente inalterada— en lo exterior. Todo adquiere un sentido nuevo en Dios, y esto, aún a pesar de que la persona siga haciendo lo que antes hacía en su vida diaria. Recordemos antiguo adagio oriental: “Después de la iluminación, a seguir fregando los platos”. O, como propone el Zen en otro sapientísimo refrán de carácter práctico, sencillamente se regresa “de vuelta al mercado”. Santa Teresa lo dejó dicho con símiles de deliciosos ribetes domésticos: “entre los pucheros anda el Señor” (Fundaciones V, 8). Cumple que veamos más de cerca cómo algunos espirituales manejan su inmersión en la vida pública tras la experiencia iluminativa. Como el caso de los místicos más famosos es de sobra conocido, me detendré en contemplativos contemporáneos. Comienzo por el caso
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