119 lmaí sptri oc op us eysct oa nctrei smtpi al antai va on st ea l os es rdvei scai of í do es ldae vuind am puúnbdloi cean c a m b i o una pieza antológica en la historia de la literatura mística moderna12. Las vivencias místicas de ambos trapenses, tanto Cardenal como su maestro Merton, los indujeron a dejar la Trapa para llevar una vida espiritual más activa. Soñaban con establecer juntos una fundación contemplativa que incluyera el trabajo fraterno, manual o agrícola, junto a los olvidados de la tierra. Pero Juan XXIII, aunque aprueba la idea, niega a Merton el permiso argumentando ya que la Trapa no era la orden más adecuada para llevar a cabo esa fundación experimental13. Cardenal, una vez es ordenado sacerdote, termina fundando, ya solo, la comunidad Nuestra Señora de Solentiname en el Lago de Nicaragua. Allí esperaba la visita de Merton al regreso de este de Asia, pero un extraño «accidente» con un abanico eléctrico en Bangkok termina con la vida del maestro14 cuando participaba en un Congreso de monasticismo comparado. 12 Cardenal alude a otra posible experiencia que podría haber tenido su maestro, pero que le resulta imposible de corroborar. Una vez en una charla a los novicios, Merton se interrumpió brevemente y se le contrajo el rostro. «Me pareció que podría haber tenido una especie de visión o arrobamiento; pero también puede haber sido que hubiera sentido un dolor: él tenía mala salud, y padecía de varias cosas» (Cardenal 1999: 202). El poeta nicaragüense comenta, de otra parte, que el editor y gran amigo de Merton, James Laughlin, considera que el maestro de novicios «nunca había tenido una experiencia mística importante» (Cardenal 1999, 202) hasta que tuvo una en Ceilán, frente a las monumentales esculturas de Buda, pocos días antes de morir. He releído con cuidado el testimonio que Merton da de la escena en su póstumo Asian Journal, pero aunque comenta que ante el arte oriental, sereno como pocos, siente que ha podido ir más allá de la sombra y la simulación, añade sin embargo un comentario elocuente: «no sé cuándo en mi vida he tenido una sensación tal de belleza y de validez espiritual aunadas en una iluminación estética» (Merton 1975/2000: 235). La impresión que por lo menos yo recibo ante el pasaje es que lo que el maestro contemplativo está describiendo es un paroxismo estético, no un trance místico. Por iluminadora que haya sido la sacudida artística de esta experiencia en cúspide, dista mucho de la vivencia fruitiva registrada más allá de los sentidos y de la razón que Merton describe en su sobrecogedor Entering the Silence. La unción de sus palabras, casi violenta de tan sincera, persuade de inmediato: el contemplativo ha rozado de veras el Amor Infinito. 13 Merton no dejó de tener dificultades personales en la Trapa, ya que se enamoró profundamente de la enfermera que lo atendió en el hospital de Louisville en Kentucky. De esa etapa, curiosamente muy fecunda, también ha dejado su testimonio en el diario Learning to Love (1997) y sobre todo en sus bellísimos Eighteen Poems, escritos en 1966 pero publicados, a petición del propio poeta, mucho después de su muerte (New Directions Publishing Corporation, New York, 1977/1985). También Cardenal se habría de enterar muy tarde de esa sorprendente experiencia vital de su entrañable maestro y amigo Merton, pues fue mientras Cardenal escribía sus memorias que compartí con él copia de mi ejemplar del poemario, el # 215. La Abadía de Getsemaní, con quien he correspondido al respecto, me facilitó amablemente el obtener el texto, que cobraban a un precio muy elevado, posiblemente para atemperar el impacto que la lectura del poemario de amor del monje tendría para ciertas personas. Sin duda, en estos libros póstumos, podemos advertir cómo Merton crece como ser humano al experimentar el amor, que le permite un proceso de maduración y de armonización interior pero al que termina renunciando para permanecer en su vida de trapense. A todo ello se refiere Cardenal en su Vida perdida, en la que por cierto considera que Merton debió casarse con su amada. No solo respondería así a su verdad más íntima, sino que también hubiera ayudado a flexibilizar la regla del celibato en la Iglesia católica tradicional. En su propio caso, sin embargo, Cardenal opina que él es un monje «pre-Vaticano II» y que para él ya resultaba imposible ningún cambio en su condición célibe. Con todo, también me confesó que debió haberse casado y que lo haría de volver a vivir su vida. 14 Cardenal siempre ha pensado que no se trató de un «accidente», sino de un plan premeditado para eliminar a Merton, que tan vocal había sido en su denuncia de la política exterior norteamericana, envuelta en la tragedia de Vietnam.
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