Actas XII Católicos y Vida Pública |Organizar la esperanza para la comunión, la participación y la misión

122 actas del xii congreso católicos y vida pública completamente normal. Y la niñita, cogida de la mano de su madre y de su abuela, intentaba caminar porque al final del pasillo estaba su padre asegurándole que ella podría hacerlo con el poder sanador de Cristo. Desafiando todas las expectativas, Silgia venció las limitaciones de su cuerpecito herido y desde entonces, y no empece a las secuelas físicas que aún le quedan, ha caminado por la vida irradiando serenidad, júbilo y amor por los demás. Se dedicó a la prédica religiosa y a la enseñanza de literatura y desde estos foros ha cumplido su destino gozoso de tocar las almas que van desfilando bajo su amorosa tutela. Quiero dar fe de lo más valeroso: lo ha hecho con una sonrisa ausente de queja y con un amor rebosante por la vida, que incluye haberle dicho que sí al amor, hacer viajes exóticos y rodearse de objetos hermosos. Mi antigua compañera de estudios vive verdaderamente en la presencia de Dios todos los instantes de su vida, sobre todo tras su experiencia del éxtasis, y sus actos se encaminan a este Amor a los demás que coronó su valerosa existencia para siempre. Paso ahora a reflexionar sobre el caso de otras personas en extremo espirituales, pero que no me consta fueran a su vez bendecidas con la gracia mística. Esta no es imprescindible, ya se sabe, ni para la santidad ni para servir a los demás de manera extrema. Muchas almas llegan a este abrazo fraterno de méritos excepcionales sin necesidad de haber experimentado la unión con Dios. Ese fue precisamente el caso de Giselle Atlán, que marcó para siempre a quienes la rodeaban con su alegría heroica. Corrían los años setenta y mi marido y yo trabamos amistad con ella en Indonesia. Como habríamos de saber más tarde, Giselle, una judía francesa que mantenía su joie de vivre intacto, era una sobreviviente de Auswitchz. Aún tenía su brazo marcado con el número infamante del campo de concentración donde había sido internada de adolescente. Nos asombró su exultante regocijo, que la hacía celebrar cualquier instante que le pudiera proporcionar un resquicio de felicidad, una gota de dicha. Una tarde Giselle decidió confesarnos su pasado como prisionera del campo de exterminio más célebre de Polonia. Con una serenidad asombrosa nos fue compartiendo las atrocidades vividas: bebía sus propios orines en los trenes que la conducían al campo de exterminio, y su delgadez llegó a ser tan extrema que el hueso de su pelvis terminó por romper la piel de su cadera. Una vez en Auswitchz, y bajo el estrés más extremo,

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