Actas XII Católicos y Vida Pública |Organizar la esperanza para la comunión, la participación y la misión

123 la propuesta cristiana ante los desafíos de un mundo en cambio desarrolló poderes psíquicos que le permitían saber anticipadamente quienes habrían de perecer al otro día en las cámaras de gas. Su madre, nos confió Giselle, le había dicho que ella había nacido con una estrella especial que habría de protegerla siempre. La joven prisionera tenía la certeza de que no habría de perecer en Auswitchz. Un día, sin embargo, la seleccionan junto a otros prisioneros para su turno con la muerte, y la conducen a golpes de culata de rifle a los hornos de cremación. En el umbral mismo de las duchas, otro guardia rugió “¿qué hace ella aquí?” y la sacó, también a golpes de culata, de su muerte segura. Giselle nunca supo por qué le salvaban la vida, pero siempre tuvo por cierto que aquella no era su hora. Nos explicó también que los prisioneros del campo de exterminio, víctimas de la desesperación, se las arreglaban para hacer sesiones espiritistas muy tarde en la noche. El dato no deja de ser curioso si se piensa que la fe judía no es proclive a tales prácticas. Pero lo que nuestra nueva amiga nos decía entre líneas es que el reino de sombras de aquel infierno exacerbaba las facultades extrasensoriales de los condenados. Durante su larga temporada en Auswitchz la prisionera francesa aprendió a chapurrear varios idiomas, entre ellos el alemán, junto a rudimentos del ruso y del polaco. Entonces no sabría que estas lenguas le habrían de ser muy útiles en su vida. Pasa el tiempo y he aquí que observa, junto a una joven amiga, la creciente desmoralización de los guardias alemanes, que descuidaban vigilancia del campo de concentración. Otrora tan disciplinados, no se ocupaban ya de sus armas, ni de reparar la verja electrificada que aislaba el campo de “trabajo”, que había colapsado parcialmente en la nieve. Las jóvenes, que no tenían acceso a noticias de prensa ni de radio, sospecharon que aquel deterioro anunciaba la derrota de Alemania. Deciden entonces arriesgar sus vidas en un intento de fuga, circunstancia nada incomún en estas prisiones de exterminio. Lograron hurtar dos uniformes militares que los guardias indisciplinados no custodiaban ya y, vestidas de nazi —eran dos esqueletos uniformados— pudieron escapar cruzando la verja electrificada por el lugar donde los cables habían caído en la nieve. Caminaron aturdidas por horas hasta que avistaron al fin un letrero que señalaba “Auswitchz” en dirección contraria: se místicos y contemplativos al servicio de la vida pública

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