124 actas del xii congreso católicos y vida pública habían salvado. Un tanque ruso que acertaba a pasar las avistó y Giselle comenzó a agitar sus manos pidiendo auxilio. Su amiga le recordó que estaban vestidas de guardias alemanes, por lo que eran un blanco perfecto para los soldados rusos. Entonces la esquelética joven rompió a gritar en varios idiomas —los que había aprendido en Auswitchtz— que eran mujeres prisioneras escapadas del infamante gulag alemán. Cuando los soldados rusos se convencen de su identidad, las subieron al tanque y ofrecieron dejarlas en el pueblo más cercano, pero les advirtieron que los aliados iban a bombardearlo en breve. A las jóvenes no les importó el dato ominoso: un bombardeo al aire libre era un lujo comparado con Auswichtz. Una vez los soldados las depositan en el pueblo, el júbilo de la libertad recién adquirida fue tal que ninguna de las dos acudieron a protegerse en los refugios, porque prefirieron mirar las bombas explotar luminosas en el cielo como juegos pirotécnicos. “¡Eran preciosas!”, explicaba Giselle, aún emocionada con el recuerdo. A nuestra amiga le tomó un año de hospitalización, de cuidos médicos y de terapia psicológica recuperar la salud del cuerpo y restablecer su equilibrio mental. Cuando la conocimos, ya en su sesentena, no había en ella rastros de amargura ni mucho menos una actitud vindicativa hacia sus atormentadores. Todo había dado paso al regocijo genuino de quien ha asumido su destino de manera sapiencial y armónica. Esta actitud la hacía agradecer a Dios cada instante, que vivía con entusiasmo feliz. Giselle nos pareció un milagro de equilibrio psíquico y de madurez, un ejemplo viviente de sabiduría emocional y espiritual que nos aleccionó para siempre. Una tarde me tocó atestiguar de cerca, sin que ella lo advirtiese, su capacidad heroica para el perdón. Estaba Giselle con su marido en una recepción del barco donde la conocimos, y se le acercaron varios caballeros alemanes. Casi todos eran ya muy mayores y, como han pasado tantos años de la escena que narro, por fuerza habrían estado vinculados con las atrocidades perpetradas por Alemania durante la guerra. Se presentaron y brindaron galantemente con nuestra amiga sin saber quién era realmente aquella dama francesa tan llena de vida. Para compartir con ellos, Giselle cambió del inglés al alemán y, cuando tropezaba con alguna palabra olvidada, les decía con dulzura: “es que hace mucho tiempo que no hablo alemán...”. Aquellos señores jamás habrían sospechado dónde aprendería su lengua la interlocutora con
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