125 ldae cplraorpaucei sótna c orni sctli ua sniav a nd te el lx oi cs odne gs ar fe íso s cdaet uó nl i cmousnyd voi de na pc úa bmlbi icoa quienes charlaban: el perdón de Giselle los amparaba, y los envolvía con una aureola de compasión total porque se encontraba ya a salvo de toda amarga petición de cuentas. Mi llorada amiga, una auténtica santa laica, perdonó “setenta veces siete”, como nos enseñó Jesús, y lo hizo, para colmo, con gracia. Sin estrépito ni fanfarria. ¡Vivió la felicidad epifánica de haberlo perdonado todo! Reza bien un proverbio árabe: una persona feliz nunca es peligrosa. Cierro con el caso de otra persona, también muy devota y, en este caso, budista, que practicó el perdón y la compasión desde experiencias de sombra inenarrable. Creo que posiblemente es el caso más extremo y más aleccionador de todos. Es el Dalai Lama es quien nos da noticia de este amigo en su Libro de la alegría, donde recoge sus conversaciones espirituales con el arzobispo Desmond Tutu. Cuenta que su correligionario, tibetano también, fue apresado y enviado a un gulag chino en medio de los disturbios entre China y Tibet. Allí, sin zapatos en medio del invierno, pasó un frío tan extremo que cuando escupía se congelaba la saliva antes de caer al suelo. Su hambre fue tal que intentó comer el cuerpo de un prisionero muerto, pero la carne se había congelado y estaba demasiado dura para morderla. Los guardias torturaban constantemente a los prisioneros, y combinaban el tipo de tortura china con la soviética y la japonesa para quebrarles el espíritu. Este amigo del Dalai Lama, tras dieciocho años de trabajos forzados, logró llegar a la India y narrarle a su amigo lo sucedido. Le contó que había pasado auténticos peligros en el infamante campo de trabajo, y su santidad creyó que se refería al peligro de muerte que sin duda lo acecharía a cada momento. Pero no, el prisionero tibetano le explicó que había estado a punto de perder la compasión por los guardias chinos. Algunos de sus compañeros, como él, consideraron que aquel gulag había sido un espacio idóneo para poner en práctica la paciencia y, sobre todo, la compasión. A veces nuestros enemigos son nuestros mejores maestros. El arzobispo Tutu reflexiona a su vez que si no perdonamos a la persona que nos ha herido, esa persona tiene la llave de nuestra felicidad, y será nuestro carcelero. Cuando perdonamos, recuperamos el control sobre nuestro destino y nuestros sentimientos: somos pues nuestros propios libertadores. Como se sabe, la práctica de la compasión, contrapartida de la caridad cristiana, es crucial en el Budismo: por eso un bodhisatva busca alcanzar la iluminación no místicos y contemplativos al servicio de la vida pública
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