24 actas del xii congreso católicos y vida pública Por cierto, tengo claro que Dios se sirve de esas crisis precisamente para derribar los ídolos que nos construimos: vivir para el rol, el activismo, la necesidad de resultados, la santidad como impecabilidad, la seguridad, ante todo, el éxito profesional, la imagen ante un público… no olvidemos que la fe apela a la profundidad de la existencia. Vivir con hondura las realidades que tejen la dimensión de lo humano —la amistad, la paternidad, la maternidad, la filiación, el trabajo, la sexualidad, el matrimonio—. Se configura como el cauce por el que la gracia perfecciona la naturaleza, pero sin suplirla. De otro modo no hablaríamos sino de magia. Afrontamos un océano (el nuevo tiempo) —señala J. Guitton— para el cual no contamos ni con barcos ni con velas, aunque debemos seguir el camino pues, como advierte la Carta a Diogneto: “Quien, con temor, adquiere el conocimiento y desea la vida, planta sobre la esperanza y aguarda el fruto (Cf. J. Guitton, Riferimenti per il domani, en: Ogni giorno che Dios manda in terra. Conversación con Philippe Guyard, Mondadori, Milano 1997, 121-172). De hecho, los grandes signos de la esperanza han surgido ya en el ámbito intraeclesial. Han surgido siempre en la historia de la Iglesia y no sé si los hemos querido ver. Por ejemplo, los mártires y testigos de la fe cristiana, fieles al consejo de la Doctrina de los Apóstoles: “Pon todas estas cosas en tu espíritu, y no te olvidarás de tu esperanza, sino que llegarás por estos santos combates a la corona”, confirman lo que Tertuliano constataba en una iglesia de mártires: “La Iglesia está alterada por el estupor y el temor; es en este momento de lucha cuando la fe es más solícita... en oraciones y en humildad, en diligencia y en amor, en santidad y sobriedad, pues nadie la distrae del temor y de la esperanza”. Por ejemplo, la santidad de los santos de la puerta de al lado, especialmente de los sencillos, la vida en las parroquias y en los movimientos eclesiales, los esfuerzos ecuménicos, los elementos unificadores como es la herencia de la Biblia, común para todos los pueblos, y el monacato, espacio en el que se custodian los valores religiosos y morales y se establece un ordo que va más allá de las opciones políticas.
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